SÁTRAPA

Rompecabezas para una canción perfecta
Sergio Guillén BarrantesSergio Guillén Barrantes
nació en Madrid y es periodista, locutor radiofónico, técnico de marketing y baterista. También ejerce de director desde 2001 de Renacer Eléctrico (http://renacerelectrico.blogspot.com), revista digital en Internet dedicada a los más diversos estilos musicales. Escribe igualmente para diarios y medios de Internet especializados en cultura en general y música en particular (Periodísticos.com, Televisión Ácida, Musicópolis, El Chamberlin, Mundo Música). Junto con Andrés Puente, miembro que se incorpora a Renacer Eléctrico al poco de su andadura, ha escrito siete libros sobre los universos tanto de la música como del cine, entre los que destacan la enciclopedia en dos tomos Radiografía Del Rock Experimental (2006 y 2009) y Discos Para Inquietos (2011). El libro que tiene en sus manos, Sátrapa. Rompecabezas Para Una Canción Perfecta, es su primera incursión en el ámbito de la novela, aunque sin dejar de lado las referencias melómanas.
 
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 Reseñas:

"Sumergido en sus particulares y cotidianas obsesiones, Fernando Gail extrae la pizca de iluminación necesaria para vislumbrar lo que la mayoría de los mortales no son capaces ni siquiera de imaginar. Ya sea mediante sus 'encuentros' con personajes ya fallecidos y tótems imperecederos del mundo del Rock, ya sea a través de sus alucinógenas vigilias, ya sea inducido por sus indigestos y extraños recuerdos, Fernando Gail iniciará una carrera cuasi patológica y autodestructiva para conseguir su santo grial: el origen real de una canción que se erigió exitosa en la década de los años ochenta pero demasiado sospechosa de ser única muestra de un talento no repetido. Nuestro protagonista hierve mentalmente mientras se hace las siguientes preguntas: ¿El propietario oficial de dicha canción posee también la propiedad artística y real? ¿Alguien se ha apropiado de un éxito que no le corresponde? ¿Quién es el verdadero progenitor de esa canción?

A medida que el protagonista se va sumergiendo en las profundidades de este misterio, su mundo personal se irá derrumbando hasta convertirlo en una copia fantasmagórica de lo que algún día fue. Arañando horas al sueño, encerrado en sus oscuros rincones mentales, entrando en conflicto con él mismo pero especialmente con aquellos que le rodean, empujará su exigua existencia lo suficiente para poder llegar a resolver ese enigma que no le permite vivir con normalidad si ese término alguna vez tuvo sentido para él.

Intrigante relato de Sergio Guillén, autor que tras una indudable muestra de su talento escribiendo numerosas obras dedicadas al mundo de la música junto a Andrés Puente, se ha lanzado al género novelesco trasladando la arquitectura literaria de Tom Wolfe y la visión desesperada y al límite con la que Paul Auster dibuja a sus personajes. Qué es real y qué es ficticio es el menor de los retos al que se tiene que enfrentar el lector cuando se sumerja en la lectura de Sátrapa. Las oscuras sombras de los recuerdos de Fernando Gail junto con su febril búsqueda de un punto de referencia de la realidad se convierte en la mayor ciénaga de la que el lector luchará por no verse atrapado igual que el protagonista".

- Julio López Tecglen, 'The Dissident Aggressor'


"Sátrapa. Rompecabezas Para Una Canción Perfecta no es sólo un respetuoso viaje por la historia cultural -y, más en concreto, musical- de la segunda mitad del siglo pasado, ya que igualmente se desarrolla cual sentido homenaje al estilo que implantó el "Nuevo Periodismo" estadounidense en los años 60. Todo ello se ajusta en una trama con cuerpo de novela de misterio, con un devenir que engancha en cada capítulo gracias a unos roles totalmente realistas e inspirados en personajes con los que el autor se ha cruzado en su carrera profesional. La historia de dos hombres que, a kilómetros y kilómetros de distancia, se descubrirán marcados por un secreto que podría revolucionar la historia de la música moderna. Por el camino, y página a página, artistas y músicos reales ya desaparecidos como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Roy Orbison o John Lennon, harán acto de presencia para encarrilar con parte de sus vidas la de uno de los protagonistas".

- Revista musical 'El Chamberlin'


"No son muchas las obras escritas en nuestro territorio centradas en el mundo de la música y, todavía peor, escritas por melómanos. Sergio Guillén ha aunado ambas cosas. Sátrapa es una novela de lectura casi compulsiva en la cual se hace un acertado retrato de todo lo que conlleva el mundo de la música. Bueno y malo: el talento, el arte, el amor, pero también las envidias o el oportunismo. Un brillante debut como novelista".

- Richard Royuela, Revista musical 'RockZone'


"Los primeros capítulos me desconcertaron un poco -¡lo cual me gustó!- y conforme avanzaban te metían cada vez más en la trama. Lo de mezclar realidad y ficción da mucho juego. Lo inteligente, en mi opinión, es lo que ha conseguido el autor: difuminar la línea que separa lo que es real de lo que es ficticio; que el lector se pregunte qué es realidad y qué es "ficcionado" de lo que está leyendo. Estarán los lectores que se preocuparán de investigar, línea por línea, si este personaje o aquella canción existieron realmente o si Sergio Guillén se los ha sacado de la manga; y luego estarán a los que no les importará si eso existió de veras o no y tomarán la novela tal y como venga, asumiendo que todo es una ficción (o que todo es verídico)".

- Fat Professor, Revista digital musical 'Renacer Eléctrico'


"Este periodista y locutor radiofónico se ha pasado los últimos 6 años publicando con diferentes editoras nacionales libros sobre cine o música como 80 Películas de los 80. Una Lectura Ácida, Psicodelia Americana o Discos Para Inquietos, entre tantos otros. Este nuevo trabajo que ahora se presenta le lleva a escribir sobre las trampas que en tantas y tantas ocasiones ofrece la industria musical para el mainstream".

- Rolo, 'LHMagazine'


"Fernando Gail, uno de los personajes protagonistas de la historia, tendrá que descubrir el misterio que se oculta tras un éxito radiofónico de los años 80. Así escarbará en la historia del rock de las décadas de los 60 y 70, incluso entrará en el nuevo milenio en el que nos encontramos para dar con las claves resolutivas".

- Pablo M. Beleña, 'Periodísticos.com'


"Sergio Guillén se arrima con su estilo a lo que se conoció en los 60 como Nuevo Periodismo y retrata con todo lujo de detalles la vida y entorno de dos rivales que lo son casi sin saberlo: un antiguo estrellón de la industria musical en horas bajas y un periodista con trastorno obsesivo-compulsivo. Entre ambos se oculta un misterio que llevará al lector desde los psicodélicos años del LSD a cuatro décadas después en un apasionante vuelo".

- Pointer, 'Musicópolis'


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1. Jimbo

-Echo de menos a mis hermanos.

Un muro de incienso ascendía con la parsimonia de una vida proyectada a cámara lenta. El té rojo emanaba sus característicos efluvios olorosos que, tras alcanzar la nariz, terminaban absorbidos por el reinado de los aromas paridos en lejanos países. El cosmos de la retrotracción al Verano del Amor se resumía en un pequeño chamizo sobrecargado de reliquias sesentas, mesas fabricadas con caña de bambú, inmensos cojines que sirven de asiento y un tecnológico equipo conectado a la base de un prepotente ordenador sobre la barra. En su pantalla, el reproductor multimedia lista un hinchado compendio de canciones por sonar. Nada de tonadas, solamente mantras a lo nuevo siglo. La religiosidad hinduista en chill out. Sus labios, algo resecos, prueban nuevamente el té del dragón. ¿El descanso del guerrero?

-Echo de menos a mis hermanos. Anne, Andrew... Se me han borrado sus caras de la memoria, ¡maldita sea!

Una lágrima suicida parte desde su ojo izquierdo a un destino en caída libre. Sólo una, abandonada por un carácter que debió aprender a no exteriorizar sus sentimientos.

-El otro día les quise dedicar un poema. Había decidido volver a los orígenes, a esa poesía primitiva que me caracterizó en mi juventud. ¿Has leído algo de aquello?

-¿Te refieres a lo que reciclaste en obras como The Lords And The New Creatures? Ese tipo de material es tu seña de identidad; de hecho, hasta me atrevería a decir que tu carrera musical se sustentó en esa mirada tan conceptual y a la vez evocadora de tus escritos. Es lo que llevan reivindicando tus seguidores durante décadas.

-¿Evocación? Está claro que lo mío ha terminado como una película de David Lynch. Mis motores eran cosas como el dadaismo o aquello del brainstorm que tanto se puso de moda en mi país con los nuevos ejecutivos y sus verdades de Perogrullo. Lo que te digo, como con Lynch, cada uno saca sus conclusiones y nadie tiene razón; pero no pensaba ir casa por casa dando las bases para entenderlo, ¿comprendes?

-Está claro que el auténtico conocedor de su arte es el que lo crea, su propio padre, pero no me puedes negar aquella obsesión por la obra de Rimbaud. Anda que no le diste la matraca al profesor Wallace Fowlie con agradecimientos y genuflexiones por su trabajo de traducción.

-Fue simplemente un favor, nada más. Era el 68, ¿comprendes? Paz, amor y todo lo que quieras. Woodstock a la vuelta de la esquina, pero los que realmente nos lo estábamos llevando muerto éramos nosotros. Ed Sullivan aún seguirá retorciéndose en su tumba. ¿Quién le recuerda? ¿Amas de casa con rulos en todo lo alto? ¿Y quién no me recuerda a mí? Si hasta dos de mis chicos han salido de gira mundial con el antiguo material y han sacado una buena tajada.

Llevamos una hora hablando y hasta la ocasión no había dado muestras de reivindicación alguna de su legado. Además no era el momento, se ha ido por las ramas para llevarme a su final elegido. Me inquieta en cualquier caso lo de Fowlie. ¿Un favor? A qué se referirá. Profesor emérito en literatura francesa en la Duke University, en fin, la crema de la crema para alguien de su estatus. ¿Y lo de mis chicos? Menudo paternalismo, sobre todo con Ray. Siempre marcando las distancias. Parece como si la ficción inventada para quitarse de la circulación a veces se le olvidase que sólo era eso, un cuento para plañideras. Pero nada, si hace falta subirse a las nubes para mirar a los mortales. Él también lo es, aunque con un permiso especial.

-The Rebel As Poet, ¡ja!

-¿Cómo?

-The Rebel As Poet-A Memoir, ¿no me preguntabas por Wally?
Impresionante, o me ha leído la mente o he dejado escapar mis pensamientos en voz alta sin darme cuenta. No, nada de eso, sólo era una pequeña reivindicación de lo suyo antes de volver al tema de Wallace. No chochea en ningún segundo. Puede mostrarse algo melancólico, aunque seguramente por seguir guardando un poso del alma atormentada que cantaba a las luces que hemos de apagar cuando se acabe la música.

-Mucho emérito y mucha rimbombancia, pero el recordar en un libro que el lagarto del rock and roll le había escrito allá por el 68 agradeciéndole su trabajo, no tiene precio. Que de la Duke University no se vive, por favor. La señal del dólar sigue siendo el signo inequívoco de la felicidad.

-Si te escuchasen tus devotos ahora mismo.

-Pero bueno, en un mundo materialista y consumista como el que nos rodea, qué esperabas que te dijese. No soy un gurú, ¡hombre! No hay panaceas, sólo dinero. ¿Quieres acabar con el hambre en el mundo? No lo conseguirás con buenas intenciones, siempre deberán ir seguidas muy de cerca por un grueso fajo de billetes. Es tan triste como simple. Aun así, ¿pensabas que cuando grabábamos discos era una acción altruista por el futuro recuerdo de la experiencia psicodélica en generaciones venideras? Los hoteles costaban dinero, la priva costaba dinero, los equipos costaban dinero, los viajes costaban dinero... Vender para publicidad aquella canción fue lo mejor que pudimos hacer.

-Pero si jamás estuviste de acuerdo con ello. Hasta vuestro odiado Oliver Stone ya se encargó de recalcarlo en el largometraje.

-Oliver, menudo granuja. Qué quieres que te diga. Sí, siempre he sido un idealista pero igualmente estaba el hecho de que teníamos que comer, que subsistir. Ahora nuestros discos compactos se compran como churros; desde el hombre de negocios a la hippie de estar por casa tiene uno en su mesilla; desde la adolescente pipiola que quiere resultar enrollada hasta el locutor más hortera tiene uno descargado en el Ipod. Todos quieren un pedazo de autenticidad, y eso es lo que vende nuestra música..., pero sobre todo la imagen que dejé. Era mi papel. En aquellos días nos compraban los inconscientes contraculturales, que les llamaban, unas hordas realmente reducidas si las comparas con la realidad del hoy. Todas esas bravatas había que costearlas. A ver si te crees que no queríamos participar en lo del 69, pero siempre es mejor ser recordado como el excéntrico que cancela a última hora. Dime cuántos de los grupos que tocaron en las jornadas de Woodstock son hoy reivindicados por la masa. ¿Cinco? ¿Seis? Sí, luego les citas el resto de nombres más allá de Hendrix, The Who y tal, y, sí, que les suenan, pero te aseguro que en su puta vida han escuchado una canción de uno de aquellos músicos antes de que pasados los primeros treinta segundos exclamasen con asco el "¡quita esa mierda!" de rigor.

No se alteraba tanto como antaño, aunque sin duda su última frase había abierto la veda. Era el todo o nada, instante para soltar la artillería pesada y rascar en heridas olvidables pero no olvidadas.

-Estaba pensando en este momento en Danny Fields.

Mi entrevistado ni se inmutó. Únicamente se dejó llevar por el balanceo que había impuesto a su infusión mientras sus ojos taciturnos se perdían al fondo del local. Recogió un par de cacahuetes dulces de la pequeña bandeja de acompañamiento y los encestó entre carrillo y carrillo. Me había dejado frío su pasividad. Me escuchaba perfectamente pero pareciese perdido en su anterior postulado. «Contracultura», comenzó a repetir para sí, una nueva plegaria con la que obsequiarse. Poco a poco su mueca de concentración pasó a una de despiste, para a continuación trasformarse en sonrisa. Pareciese un sentimiento de descubridor el que le embargaba. «Contracultura... Contra... Cultura... Cultura a la contra», ahora jugaba con las palabras como si de un concurso televisivo se tratara.

-Decía que si se la sigues guardando a Danny Fields o si ya le has perdonado.

-¿Danny Fields?

-Exacto, el antiguo columnista del SoHo Weekly News y ex representante de los Stooges.

-Sé de sobra de quién me hablas -bramó por un instante.

El ambiente se congeló unos segundos mientras intentaba sostener la mirada de mi invitado. Había pinchado en la herida y tenía que llegar hasta el hueso.

-No te profesó precisamente piropos en una de sus entrevistas para Legs McNeil y Gillian McCain.

-¿Piropos? El muy hijo de puta me retrató como si yo fuese un gilipollas abusivo, un mal ser humano. Si le patearon del sello Elektra, por favor.

-Aseguró que lo de Dylan o Patti Smith era poesía y que...

-Sí, ya lo sé... -impostó la voz tras aclararse la garganta-. Lo mío era basura disfrazada de fanatismo adolescente, ¿no era así?

Nuevamente recuperaba su tono de aguardiente.

-Fields idolatraba a Nico y jamás comprendió nuestra relación. Era un vanidoso, un auténtico ser pusilánime roído por la envidia.

-Hombre, es que lo tuyo con Nico no iba precisamente de idílico romance a lo Jane Austen.

Su puño golpeó la mesa y los cacahuetes se desperdigaron a lo largo de la misma rompiendo su caparazón azucarado. El té se mantenía en los pequeños vasos de cristal tras sufrir un minúsculo maremoto. No me atreví a rememorar otras palabras de Fields, declaraciones en las que subrayaba la noche en que Nico entró en su cuarto refiriéndose a Jimbo y gritando, «¡me va a matar!», mientras mi entrevistado saltaba por los torreones del Castle angelino cual Cuasimodo moderno.

Otra vez entraba en su propio universo. El compañero de infusión con el que compartía mesa y charla se perdía en un nuevo trabalenguas. «Southern Comfort», gemía medio cantando. «El único sabor de whisky, frutas y especias cuyas raíces reposan en el espíritu de Nueva Orleans...», salpicaba entre dientes chapurreando un acento falso de puro redneck tejano.

-¿Volverá el sur a ser tan reconfortante?

-¿Cómo?

-¿Sabes que por allí abajo pude descubrir a los Robinson saliendo del huevo?

-¿Te refieres a los Robinson de The Black Crowes?

-Los Robinson, adorables bastardos. Hacía años que no escuchaba un rock and roll con tanto sabor. Estaba claro que aquellos cuervos tenían el mojo de su lado y funcionando a pleno rendimiento. Eran tan jóvenes, rebosando ganas de comerse el mundo.

-Todos lo éramos... ¿Dónde estabas tú entonces?

-¡Oh, el buen Southern Comfort!

-¿Fue cuando te ocultaste en Baton Rouge en los ochenta?

-¿Dónde está mi medicina? La debo haber dejado fuera, con mi amor propio...

Su cara cambió. Ya no me oía, no escuchaba nada más allá de su voz. Era el poeta y la audiencia. El poema de hoy consistía en recitar la letra del "Hotel illness" de The Black Crowes. Sus años de muerte ficticia seguían siendo un misterio para mí, una incógnita lógica. Aquella entrevista no era tal, simplemente un encontronazo. Le reconocí y aunque lo negó, mi terquedad y su vanidad pudieron con las ganas de anonimato. No era la primera vez que en una publicación sensacionalista se hacían eco de cosas como «yo estuve con Jimbo en un burdel diez años después de su fallecimiento en París». Pero no, no era mi caso. La búsqueda de carnaza no era mi objetivo. Hasta hacía algo más de dos horas no tenía otro plan que el de apoltronarme en el Yin Yang Dream con una infusión para dejar pasar la tarde en un estado mezcla de aburrimiento y somnolencia. Toparme con su persona resultó una casualidad, una jugosa anécdota que como tal debía permanecer por años y años. Entre lo vivido y la zeta reiterante del tebeo infantil. Jim Douglas Morrison había abandonado el local antes de que pudiera concretar este pensamiento.


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Arco Iris
Sergio Guillén Barrantes
SÁTRAPA
21×15 cm - 179 pág.
ISBN: 978-84-938626-1-9
PVP: 14,00 EUR
Libro electrónico

También disponible como libro electrónico.
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