EL JARDÍN DE NENÚFARES

Una historia de amor, una historia real
Joaquín Ferrá Mojica Joaquín Ferrá Mojica
se ha prodigado de manera provocativa en las letras en un continuo reto a sí mismo; como autor prolífico se atrevió con el guión cinematográfico (Ab aeterno, 1995; Pasión china, 1996); la literatura infantil (Cuentos encadenados, 2004); el relato (Susurros del viento, 2004); el verso (Las palabras del silencio, 2004; Punto y seguido, 2005) y el género epistolar (Cartas a Dublín, 2005). Sin embargo, el reciente finalista del "Certamen de relatos Revista Digital IES Ventura Morón" de Algeciras (Cádiz), así como ganador del "Concurso internacional: Una imagen en mil palabras" de Torrevieja (Alicante), se ha convertido en un especialista en el terreno novelístico con dos obras especialmente bien acogidas (El desafío del ángel caído, 2003; Móvil ecuánime, 2006). Y, curiosamente, sin apenas tiempo de recuperar el resuello, nos presenta este Jardín de nenúfares, realizando un nuevo e inesperado giro literario y narrativo, apartándose de los argumentos de sus obras anteriores en un trabajo lleno de chispa, originalidad y sentimiento.
 
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Reseñas:

"...es una historia conmovedora y personal (...) los lectores disfrutarán de una novela pasional y diferente."

- Estefanía Sánchez, Directora del Aula de Letras 'Gabriel Baldrich'


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DE CÓMO LLEGUÉ AL JARDÍN...

Nuestra vida es azarosa. Suele serlo así. Nos hemos rodeado de un cosmos personal, de cosas inútiles e imprescindibles: la televisión, Internet, el teléfono móvil... y hemos llegado a ese extremo por azar, sin duda.

Mi vida, supongo, resulta tan pueril y azarosa como la de cualquiera, a pesar de que uno procure que no sea así. Pero hay ocasiones en que algo o alguien nos abren los ojos. Hay veces en que somos partícipes de nuestro ensimismamiento, somos conscientes de la vulgaridad en que nos sumimos. Yo llegué al "jardín de nenúfares" de esta manera... también por azar. Supe de esta historia conforme un amigo me confesaba sus propias inquietudes, relatándome una de las historias más dulces y conmovedoras que he conocido. Subyugado por lo que oía, encandilado por una historia de amor, de deseos, aspiraciones y sueños, de amistad y respeto, de familia y salud, y humor, y enfermedad, y vida, y muerte... así pasé esa noche en un permanente duermevela, apasionado por algo que yo sólo pensé que existía en las novelas de baratillo y en las películas.

A la mañana siguiente, solicité a mi amigo poder transcribir su historia. Es curioso pero, lo que a cualquier otra persona le haría una ilusión tremenda, a mi amigo le preocupó. El problema es que la mayoría de las personas que aparecen en este "cuento" tan real, están vivas, así que debía ofrecerle a mi amigo soluciones lo suficientemente factibles como para que me diera el sí definitivo: Le dije que envejecería a los protagonistas; que cambiaría los nombres, por supuesto; que sus ocupaciones verdaderas no aparecerían tampoco... y sumé a todas estas excusas una multitud de ruegos y súplicas.

Finalmente, él me dijo que sí. Y, de esa forma, me embarqué en dar forma a un fabuloso secreto, a uno de esos misterios que las personas se llevan a la tumba pero que, en esta ocasión, merecía ser contado, por lo que nos puede enseñar... por lo que podemos aprender...

Sé que puede suponer un riesgo volver a cambiar de compromiso a estas alturas, que después de "ángeles caídos", cuentos, relatos, ensayos y poemas, una historia como esta puede rayar en la pedantería. Pero, una vez en el jardín, me dejé embelesar y siento la necesidad de compartir mi hallazgo con otras personas que estén dispuestas a dejarse sorprender con un relato muy de verdad, muy de andar por casa y, por esa misma razón, todo un acontecimiento, una narración plagada de efectos especiales, de fantasía, de situaciones y palabras increíbles. Si es así, bienvenidos sean al jardín de nenúfares...

- Joaquín Ferrá Mojica


    No he recibido más golpes
    que los que la vida se empeñó en dar.
    No he sido más castigado
    de lo que quise y me dejé.
    No despotrico de mi suerte,
    en mi camino no vi al diablo,
    no vi ángeles tampoco,
            no vi a Dios.
    Le he puesto buena cara a la vida,
    he vencido con orgullo a la desidia,
    me he desbordado en rimas
            y caricias,
    he besado a esa gran puta,
            le he invitado a una sonrisa
    y a ser mimado,
            amado,
                continuamente amamantado.
    No despotrico yo de mi suerte, no;
        en ese camino, jamás vi al diablo,
            no vi ángeles tampoco, no;
                nunca, nunca...
                    nunca vi a Dios.


        "Luis" (Dublín)

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Prólogo:

Tomo hoy mis viejas notas y, al releer, amagos de nostalgia me humedecen la mirada. Esa melancolía es buscada, por supuesto, me solazo en ella. La disfruto especialmente. Imagino que es una forma de autodestrucción, encontrar placer al inflingirme dolor, alcanzar la dicha machacándome sentimentalmente. También influye el verme a mí mismo, con el paso del tiempo. Sorprenderme tan distinto, tan de vuelta de todo, tan infeliz y, no obstante, sereno, calmado, recién llegado a la certera conclusión de que la felicidad completa no existe.

Recuerdo los tiempos del jardín de nenúfares, el tiempo en que conocí a Luis, aquel anciano inteligente y bromista que me enseñó a ver el mundo a través de sus ojos, y esa es una gracia inesperada, poder ver a través de la retina de Ulises sin haber abandonado nunca Ítaca. En aquellos años un día podía suponer una bendición en sí, una tímida declaración de amor, una promesa, un pacto irrompible, un juramento de sangre. Cuántos te quieros podemos oír después de ese primero. Cuántas veces se nos humedecerán los labios al contacto de otra boca después de la primera. Y, sin embargo, qué distinto es todo lo que viene después. El primer beso marca la diferencia. El primer te quiero también. El primer beso supone la referencia inequívoca del aluvión de besos que nos entregarán, que robaremos, que exigiremos en adelante.

El espíritu humano es como una voluta de humo. Cambia fácilmente, se adapta a las situaciones y muta con facilidad. Somos manipulados por nuestras apetencias desde la juventud y descubrimos, demasiado tarde, que cuando nos liberamos de esa hambruna, es cuando apreciamos de verdad la vida. Los sentidos se nos obturan, confundidos, hasta ese mágico momento en que somos libres. Entonces percibimos los colores, nos inundan aromas no apreciados anteriormente, aprendemos a escuchar y saborear cada preciso momento de nuestra existencia pero, fundamentalmente, nuestra nueva educación nos conduce a apreciar el tacto... aún mejor, el contacto.

Con Luis me ocurrió eso. Aprendí a usar mis sentidos antes de tiempo mediante una experiencia fundamental en mi vida. Estaba demasiado acostumbrado a soñar en silencio y a cada instante, a dibujar rasgos, comportamientos e ilusiones, en mi mente de jovencito plagado de prejuicios e inmadurez. Pero sólo compartir unos días con aquel anciano me supuso una variación brutal en mi persona, en la persona que poco a poco se iba formando.

Hoy invento nuevamente su sonrisa, su simpática terquedad, el recuerdo de esos ojillos enterrados en arrugas, de esa curiosa e inquisitiva forma de mirarme. He hablado en silencio y he de reconocer que he creído oír su voz también, a veces. He investigado esa fuerza que me mueve a plantearme otra vez las mismas preguntas, pero no he hallado respuesta aún. Entenderlo se me antoja más complicado que comprender esta luz que me ilumina, esta estrella que me guía, esta alma (si es que la hay) que se empeña en lamentarse por quienes ya no están aquí.

Si cierro los ojos con fuerza, evoco los sonidos del jardín de Luis. Me saluda el rosal, igual que cuando franqueaba el dintel, cargando mi pesada bicicleta. Si me esfuerzo un poco más, le veo arrodillado, entre los arriates de la parte de atrás, arrancando malas hierbas, lleno de tierra y de secretos. Recuerdo el gorjeo de pájaros silvestres mezclado con gorriones callejeros, el silbido del viento paseándose entre las ramas del otoño, los tenues rayos del sol otoñal posándose sobre la hierba, favoreciendo la fotosíntesis, y la calma, y la paz, y tanto sentimiento sincero desbordado, entregado a gritos. Y aquel paraíso terrenal, aislado en las afueras de mi ciudad natal, me suponía el necesario exilio espiritual para un nuevo navegante como yo. Se contraponía con el aspecto de la ciudad, gris por naturaleza, pescadora y bulliciosa, bañada por diferentes y rivales vientos, acariciada por las espumosas olas de un mediterráneo feroz y traicionero que enviaba grises gaviotas de avanzadilla... y el olor a sal...

La historia que Luis compartió conmigo era la ofrenda de un tesoro que se guarda durante mucho tiempo sin llegar a saberlo a ciencia cierta. Y, conforme un regalo así se entrega, sin transformar, sin enlatar, limpio, fresco, puro, tal y como nacen las buenas intenciones, tal y como viene al mundo un bebé, se debe saber apreciar. No se pisa una flor, no se desprecia el perfume que nos enaltece... se quiere y se guarda, se usa y jamás se abandona al olvido. Cuando se acepta un presente así ya habrá valido la pena haberlo guardado, de lo contrario, otros habrán que sepan aprovechar la oportunidad... otros habrán que traten de olvidar lo aprendido. Guardarlo en los rincones del alma y la memoria...

Hoy, que me he sentido excepcionalmente solo, no he querido dudar. He tropezado con mis viejas notas, con esta vieja historia del jardín de nenúfares, he corrido a desenterrarlo de mi mente y he vuelto a darle la vida. Por un momento he pensado que quizá otros debieran conocer los sucesos que provocaron un cambio tan dramático en mi juventud. Pero tampoco quiero caer en el exceso, en un exagerado trato de favor hacia mi historia, dotándola de una significación que, probablemente, otros no llegarían a percibir. En concreto, pienso en mis hijos, de quienes no quisiera prescindir a la hora de transmitir este mensaje. Pienso, incluso, en mi exmujer, la madre de aquéllos, a la que tanto quise... a la que amo aún, por lo que compartimos... los hijos, precisamente. La quiero de otra manera, de otra forma parecida quizá, a cuando la conocí, cuando ella ni siquiera percibía mi existencia; yo sufría por alguien, soñaba con alguien, que todavía no me había visto. Veía la luz en sus ojos, me veía reflejado en ellos, después. Desde ese momento, todo fue más fácil, sus minutos fueron míos hasta que dejaron de serlo... y rompimos.

Pero ¿para qué soñar? Sé de sobra que un corazón ocupado, como diría Luis, tira al río su candado. Y, hoy por hoy, los corazones implicados en esta historia, están ocupadísimos.

Así, me dispongo a releer de nuevo estas páginas, estas torpes notas de quien goza reviviendo fantasmas del pasado; persecuciones en las que veo rostros y gestos que se fueron; conversaciones en el silencio más alborotado; versos escritos en el viento, momentos felices en buena compañía, en los que conjugamos perdón, amistad y amor... este es el legado de mi viejo amigo Luis... este es el jardín de nenúfares.


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Arco Iris
Joaquín Ferrá Mojica
EL JARDÍN DE NENÚFARES
21×15 cm - 152 pág.
ISBN: 978-84-935317-0-6
PVP: 10,00 EUR

También disponible como libro electrónico.
(Formato PDF - 0,5 MB). Más detalles

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