NÁUFRAGOS

Radiografía de una pesadilla
Emilio Morote EsquivelEmilio Morote Esquivel
En el año 2006, Emilio cosechó dos grandes logros: colocó una novela, El sendero eterno -inédita todavía-, como segunda clasificada en el Premio Fernando Lara de la editorial Planeta, sólo por detrás de Fernando Sánchez Dragó, que fue quien ganó finalmente, por un estrecho margen. También, El sendero eterno se clasificó en la fase final del premio Herralde de ese mismo año 2006.
Emilio Morote Esquivel ha conseguido con su primera novela, Lágrimas privadas, lanzar dos ediciones en pocos meses. Ahora, con su segundo libro, Náufragos, que había quedado en la fase final del prestigioso premio internacional de novela Herralde en 2002, se embarca en un proyecto de novela de suspense que tiene pocos antecedentes en nuestro país. Lo más parecido a Náufragos, quizá, solo se ha hecho en cine, y muy rara vez en literatura: películas como Abre los ojos o novelas como El país de las últimas cosas pueden servir de referentes para una historia que romperá moldes.
Si busca usted una historia que le enganche, una de esas novelas que le tenga sentado en el sillón desde la primera página hasta la última, este es su libro; quienes lo han leído dicen que no han podido parar desde que lo empezaron. Náufragos es una de esas narraciones que debería ser diez veces más larga, para multiplicar el poder de su cautivadora prosa.

Autor de la portada: Ignacio de la Rubia.
 
ReseñasCapítulo 1 - Página principal
 

 
Reseñas:

"Náufragos es según su propio autor «la radiografía de una pesadilla», yo me atrevería a añadir que se trata también de «un descenso a los infiernos» en el que se hace más patente que nunca aquello de que «el hombre es un lobo para el hombre».

"La primera de las dos partes en que se estructura la obra, dos partes de un todo que cobran sentido a través de la otra, recibe por título Señales y nos remite directamente a «La trilogía de Nueva York» de Paul Auster. Si en aquella los nombres de los personajes hacían referencia a colores, aquí lo hacen a texturas.

"Áspero es un hombre solitario, prematuramente jubilado por una enfermedad mental, que decide paliar el aburrimiento escribiéndose cartas a sí mismo. Su pequeño, anodino mundo, se tambaleará cuando la primera de sus misivas llegué con signos evidentes de haber sido manipulada tanto en contenido como en aspecto. Este será el punto de partida de una búsqueda, en apariencia inofensiva, que como sucede en Auster terminará por arrastrar consigo a nuestro protagonista, obsesionándolo, convirtiéndose en razón de ser de su existencia y finalmente en un peligro que amenaza con engullirlo.

"Son numerosos los interrogantes que deja abiertos Señales y que encontrarán respuesta en Náufragos, la segunda parte de la novela. En Náufragos se nos relata una historia en apariencia independiente de la de Áspero, pasando de una narración en tercera persona a una en primera a cargo de su protagonista, Lucio Aldaba. Lucio trabaja de guardia jurado de unos grandes almacenes en los que últimamente vienen produciéndose extraños robos nocturnos en la sección textil. Su resolución, intrínsecamente ligada a la desaparición temporal de Fernando, encargado de la limpieza del lugar, conducirá irremisiblemente a Lucio hasta «el abismo».

"En este segundo tramo siguen presentes las influencias austerianas, y en concreto a su única distopía «El país de las últimas cosas», aunque la verdadera esencia de esta parte haya que buscarla, a mi juicio, en Kafka y sus personajes K. o Georg Bendemann de «El castillo» y «El proceso», seres perdidos y atrapados en una cadena de sinrazón.

"¿Qué es «el abismo»? Tal vez el infierno en la tierra, un lugar donde nunca se pone el sol y las nociones de tiempo y espacio siguen sus propias reglas. Un terrible escenario donde la crueldad no conoce límites y en el que la casta de los «veteranos» impone su ley a los «míseros». Unos «veteranos» que aun sometidos a condiciones de vida misérrimas parecen tener una gran influencia y capacidad de maniobra sobre el mundo «real». Quizá, y lo que todavía resultaría más alarmante, «el abismo» no sea más que un lugar cualquiera de nuestro planeta con condiciones ambientales extremas, uno de tantos donde el hombre termina convirtiéndose en el peor enemigo de sus congéneres, y en el cual, la desgracia ajena ayuda a sobrellevar las miserias propias. Un lugar en el que cualquiera de nosotros puede terminar atrapado.

"La novela está escrita con una pulcritud encomiable. Con precisión de cirujano, sin adornos innecesarios ni descripciones prescindibles, Emilio desgrana en tan solo 175 páginas, todo un logro para la tendencia a la paja superflua que sufre la literatura actual, una historia compleja, y lo consigue mediante un lenguaje directo que no le impide tratar con cariño y hasta con ternura a unos personajes creíbles con los que el lector empatiza sin esfuerzo."

- Enric Herce Escarrà en www.sedice.com


"Realidad y ficción se entremezclan hábilmente en Náufragos, la segunda novela de Emilio Morote Esquivel. Una historia sorprendente e inusual escrita para inquietar y entretener. El escritor pacense combina realidad, suspense y ficción para crear la desconcertante atmósfera de misterio e intriga en la que ni nada ni nadie son lo que parecen. Un relato sugestivo y ameno que se lee de un tirón gracias a la arriesgada narrativa del autor y su estilo directo y espontáneo. La trama del libro se divide en dos enigmáticas partes, Señales y Náufragos, dos historias paralelas que nos narran las extrañas experiencias vividas por los protagonistas.

"La primera parte del libro narra la historia de Áspero, un ex almacenista jubilado que para evadir el aburrimiento y la soledad de su rutina diaria decide escribirse cartas a si mismo. Pronto lo que empieza siendo un pasatiempo se convierte en obsesión. Una pesadilla que comienza cuando Áspero recibe las cartas que el mismo se ha enviado y descubre que estás han sido manipuladas. Los sobres y el papel de estás parecen extrañamente envejecidos, y el texto contiene curiosos añadidos hechos con una letra parecida a la suya, pero que Áspero no reconoce como propia. Poco a poco el mundo y la realidad que el protagonista conoce se irán desmoronando y desdibujando hasta perder todo sentido y desaparecer. La segunda parte del libro, Náufragos, es sí cabe aun más desconcertante, inquietante y confusa que la anterior. En ella encontramos la historia de Lucio Aldaba, un guarda jurado que trabaja en unos grandes almacenes. Una noche tras una serie de robos en el comercio Lucio descubre a un ladrón robando prendas de ropa. El protagonista decide dejarle para seguir y averiguar por donde entra el caco cada noche al local. Cuando llegan al parking Lucio averigua que el ladrón esta compinchado ni más ni menos que con otro de los vigilantes jurados. Dispuesto a atraparlos, protagonista decide seguirlos en su coche hasta un pedregoso camino de arena a las afueras de la ciudad. La senda termina en un lugar desolado y polvoriento con aspecto de pueblucho destartalado. Tras aparcar el coche, el protagonista prosigue con la persecución a pie por las sucias y desoladas calles del poblado. Así es como Lucio entra en el Abismo, un lugar al margen del tiempo y de la realidad del que no se puede escapar. Si alguien es conducido hasta el Abismo sale la realidad y de este mundo para no regresar jamás.

"El autor apenas nos desvela algunos detalles sobre este insólito paraje dejando que sea el lector quien decida e imagine el porqué de este siniestro lugar. Dentro del Abismo hay dos tipos de personas: los veteranos y los míseros. Los primeros son altos y morenos, viven en las ruinosas casas del poblado, y disponen de comida y ropa suficientes para subsistir. Los míseros en cambio llevan una vida de perros. Pasan los largos días al sol, medio desnudos buscando entre los desperdicios algo que llevarse a la boca. El protagonista acabará igual que estos tras perder sus escasas pertenencias intentando sobrevivir. Así es como descubre que los míseros tampoco tienen idea de que es ese lugar ni porque se encuentran allí. Solo después algún tiempo Lucio empezara a comprender y a descubrir los muchos secretos y las estrictas reglas que rigen en el Abismo."

- Gonzalo Belchi Cruzado de la revista 'Spannabis'


"Lo más desconcertante es la total ausencia de referencias temporales, los míseros con los que Lucio entabla relación no saben cuanto tiempo llevan allí, todos creen estar viviendo más o menos en la época en la que entraron en el abismo pero unos se refieren a muchos años atrás, otros a futuros más o menos próximos.

"Emilio Morote no destapa el misterio. El abismo tanto podría ser un vórtice, un pliegue en el continuo espacio tiempo en el que el último se ha congelado y todas las referencias al respecto se han perdido, podría ser también un sutil método de invasión, una sofisticada y enrevesada forma de transformar a los humanos en seres que, sin perder su humanidad, ha dejado de serlo completamente, pero también podría ser una región mítica, un mundo de leyenda polvoriento y olvidado por todo y por todos en el que se esconden seres fabulosos que intentan hacerse de nuevo un hueco en el mundo del que fueron expulsados en algún momento.

"Un libro sorprendente, que tarda en levantar el vuelo, pero que poco a poco se convierte en un relato absorbente e inquietante."

- Francisco José Súñer Iglesias en www.ciencia-ficcion.com


"Página a página juega con el lector sobre la realidad que viven los personajes, sobre la fantasía en la que están sumergidos, donde todo se ve distorsionado, donde crees estar ante una novela de misterio, pero te impone nuevos retos el narrador para, cuando parece que todo se va a resolver, llevarte al otro lado de la realidad, o de la fantasía, siguiendo los pasos de solitarios personajes hacia un mundo al que se conoce como Abismo (fantástica alegoría del Triángulo de las Bermudas), una posible soleada isla donde naufragan gentes de todos los tiempos, de todas las edades o, al menos, eso es lo que parece.

"Narrativa limpia, simple, fresca, estoy convencido de que Emilio Morote es uno de los autores a seguir en un futuro próximo. Un buen amigo, Carlos López Hernando, lector entendido, dice que estamos ante 'uno de esos libros en los cuales es mucho mejor descubrirlo por completo a que te lo cuenten'."

- Francisco Javier Illán Vivas en 'Vega Media Press'


"Náufragos es una historia por completo diferente de la anterior, allí donde Lágrimas Privadas incide en los aspectos realistas, Náufragos, por el contrario, se sumerge en un mundo de sueños tenebrosos, que si bien en sus primeras páginas pueden parecernos de una cotidianeidad rayana en la rutina más gris, a partir de la cuarta o quinta página comienzan a introducirnos en un universo de amenazas, ominosos augurios, y, finalmente, caos y destrucción."

- Revista 'OMNIA'


"¿Qué se esconde en las comisuras del tiempo? ¿Tal vez universos paralelos o simplemente un centro de control que lo dirige todo en relación de diversos espacios temporales a plantear? Largometrajes como 'Nivel 13' exaltaban unos mundos contenidos en otros más inmensos por simplemente unos centímetros en forma de años. Pero el efecto de muñeca rusa ya era algo conocido en la literatura dedicada a la más inquietante ciencia ficción. Lo que aporta Náufragos es la grandilocuencia y verosimilitud de lo natural y en ocasiones minimalista.

"Ya no es hablar de realidad o de sencilla imaginación, al igual que tampoco son paralelismos de meses o estaciones. Aquí hay un núcleo encefálico con forma de punto marginal que, en contra de todo lo que se pueda pensar, parece ser el 'Gran Hermano' del tiempo en la narración. De sus cuarteles generales en forma de residuos olvidados en las grandes ciudades salen las órdenes bajo las que los hombres terminarán rigiéndose en un corto periodo temporal (¿o tal vez no?). El autor predispone al lector para creer en algo que no negaría de tangible, aunque ofrece sendas encubiertas por las que seguir elucubrando. Náufragos podría extenderse unas cien páginas más y destapar todo el entramado neuronal, pero es su huída de este procedimiento a la par que su intención de dejar suspendidos los razonamientos últimos lo que a la postre convierte esta novela en un caldero inquietante.

"Se podría hablar de guión novelado, ya que los fotogramas estallan en la mente con cada salto de página. Morote continúa apoyándose en lo cotidiano como ya hiciese en Lágrimas Privadas, aunque en esta ocasión permite la hegemonía de un marcado ritmo que concentra la sabiduría de lo conciso. ¿Terror psicológico? Sin duda, ya que en los más ocultos rincones del subconsciente se condensan latentes aquellos inauditos dilemas de nuestra existencia."

- Sergio Guillén, director de 'Renacer Eléctrico'


"Morote Esquivel atrapa al lector en la intrigante historia de un hombre que se siente náufrago del abismo y en la que se pueden reconocer envolventes atmósferas próximas a Stephen King o Paul Auster."

- Diario Lanza


"...una novela muy entretenida, una historia que empieza de manera en apariencia inocente."

- El Día de Ciudad Real


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Capítulo 1:

Áspero empezó a escribirse cartas a causa del aburrimiento. Estaba jubilado por enfermedad mental y vivía en una construcción de apartamentos modernos ocupados por profesionales bien pagados: médicos, abogados y un notario. Áspero, en cambio, había trabajado toda la vida en un almacén de insecticidas y cuando empezó a sentirse mal alegó ante el tribunal que iba a decidir su jubilación que no podía aguantar rodeado de cajas de veneno.

Así que Áspero escribió dos o tres notas con lo que había hecho a lo largo de otros tantos días. Al principio las dejaba en casa, pero una mañana decidió bajar con la nota al portal y la echó en su buzón. Cuando volvió de dar un paseo en el hogar del jubilado, recuerda que entró en el portal silbando. Abrió el buzón y cogió el papel con las frases que había escrito. Eran cosas como: Hoy me he levantado tarde porque no me han dejado dormir los vecinos de arriba. Si me alcanzara me compraría ese disco de Los Relámpagos que he visto en la tienda.

Hemos de decir que Áspero llevaba una existencia solitaria. Antes de que lo jubilaran ya se había quedado solo. Su mujer le había abandonado unos años atrás, cuando él todavía creía que iba a salir algún día del almacén de insecticidas. Fue más o menos entonces cuando vino lo del tratamiento psiquiátrico y las pastillas rosadas. Le hubiera gustado no tener que tomárselas, pero su médico le había advertido que, si no lo hacía, a lo mejor tendrían que ingresarle en el psiquiátrico.

Cuando Áspero leyó la primera nota, encontró que su vida no era tan monótona como pensaba. Había anotado cosas que ya ni recordaba haber hecho. Por ejemplo, no tenía ningún recuerdo del pájaro herido que había rescatado en la Plaza del Prado antes de que unos chicos lo mataran. Había recogido al animal para llevarlo al cuartel de la policía local, pero unos metros antes de la puerta le dio miedo de que le tomaran por un loco o algo parecido, por lo que se dio la vuelta y regresó a casa con el pájaro en el bolsillo. Cuando lo extrajo de la chaqueta el animal estaba muerto. Lo único que se le ocurrió fue tirarlo a la basura y luego sacar la bolsa al contenedor antes de la hora acostumbrada. Fue el episodio del pájaro lo que animó a Áspero a seguir escribiendo. Ya le había advertido la doctora que la medicación podía tener efectos sobre su memoria, que podría olvidarse de cosas importantes y por eso no era malo apuntar lo que tenía que hacer cada día.

Al principio se esperaba a la hora de cenar para sentarse a la mesa a escribir. Por la mañana se levantaba y echaba el papel en el buzón. Cuando volvía por la tarde lo sacaba y lo leía en la misma mesa donde escribía otro que cogería al día siguiente.

Un día, cuando Áspero llegó a su bloque de edificios, se encontró con el cartero, que estaba echando sobres en los buzones. Esperó a que se marchara para sacar su nota manuscrita. Esa noche leyó con menos atención lo que le había pasado durante el día. Desde el momento en que se había topado con el cartero, sólo había pensado en una cosa: sería maravilloso que aquellos papeles le llegaran por correo.

Así fue como empezó realmente la historia que les quiero contar.

Compró sellos y sobres en el estanco, pues se proponía escribir relaciones detalladas de lo que hacía cada día. En consecuencia, empezó a salir dispuesto a que nada se le pasara por alto. Al principio pensó en llevarse un cuaderno en el que ir anotando lo que observaba, pero descartó la idea porque no le apetecía que alguien se le acercara y le preguntara qué estaba haciendo. Sabía que la gente le miraba, así se lo había contado a su médico, pero como no era una persona brava, nunca plantó cara a nadie. Cuando su mujer le dejó, hacía ya bastantes años, ni siquiera se enfadó. Ella le había echado en cara que él no le hacía caso y no sabía comportarse como un hombre. Él le dio la razón y ella se marchó.

Áspero dedicó todo el primer día de su nueva etapa a caminar por la ronda de circunvalación. Se detenía haciéndose el pensativo, para que la gente que pasaba a su lado y le miraba no fuera a suponer algo raro. Se quedaba contemplando un edificio delante de él, por ejemplo una de las pocas casas de dos plantas que quedaban en la ciudad, y trataba de memorizar cuántas ventanas había en el segundo piso y, de éstas, cuántas tenían las persianas echadas. Para no olvidarse ideó ingeniosos cálculos. Relacionaba el número de ventanas con el de los ojales de sus zapatillas. Cuando retenía un detalle de este tipo se consideraba satisfecho como un cazador que hubiera cobrado una pieza. Seguía paseando el resto del tiempo, pero ya no lo hacía con la intención de recabar datos. Cuando llegaba a casa escribía notas provisionales del tipo: hay una casa en la Ronda de Granada con dieciséis ventanas, cuatro tienen las cortinas echadas y otras dos están tapadas por persianas. Luego cogía un cuaderno que había comprado unos meses atrás y para el que no había encontrado utilidad hasta que decidió llevar el diario de sus salidas. El cuaderno tenía los cantos de las hojas de distintos colores -un efecto que satisfacía las inquietudes estéticas de Áspero- y en él escribió la primera carta que iba a enviarse por correo. Cuando llegaba a un punto donde sabía que tenía que consultar una duda, miraba la nota que había escrito a toda prisa nada más llegar. Especificó el número de veces que se había encontrado un semáforo en rojo y había tenido que pararse. Para ello, había recolectado unas cuantas piedrecitas y las había ido echando de un bolsillo a otro. Al principio estaban todas en el izquierdo. Cuando llegó a casa tenía dieciocho piedrecitas en el derecho, lo que significaba otros tantos semáforos en rojo. Antes de acostarse releyó lo escrito. El estilo no era muy bueno, de eso se daba cuenta. Había tratado de mejorarlo a base de intercalar alguna palabra rebuscada que había encontrado en un suplemento cultural: un diario que solía llevarse de los que había atrasados en el hogar del jubilado. Eran palabras como ínclito, caterva o incluso apotropaico. Ni siquiera estaba seguro de lo que significaban, pero a él le sonaban bien y creía que le daban a la carta un aire de haber sido escritas por alguien con cultura. Porque Áspero andaba ya tras la ilusión de que era otra la persona que le escribía cartas. Al día siguiente se levantó antes de lo acostumbrado, el recuerdo de la hoja de papel que le esperaba en la mesa de la cocina no le dejaba relajarse. La metió en un sobre y escribió su dirección en el frontal; el remite lo dejó en blanco, de eso Áspero siempre estuvo seguro.

Antes de cerrar el sobre, tuvo una idea: debía firmar la carta; pero no con su nombre. Pensó en varios hasta que se le ocurrió uno: Bruñido. Escribió las letras con cuidado y dibujó un rayajo, después cerró el sobre y, más tranquilo, desayunó. Quería hacer tiempo porque no le parecía del todo correcto echarse a la calle a las siete de la mañana con un sobre dirigido a sí mismo. Hubiera sido comportarse como un chico pequeño. Ya que había tenido la paciencia de recabar los detalles para ponerlos en su carta, no iba ahora a romper el ritmo deliberado que se había impuesto. Serían las nueve de la mañana cuando echó el sobre en el propio edificio de correos. Antes de llegar a él se había cruzado con dos buzones pero no le parecían de fiar.

Por la tarde salió a pasear pero no fue lo mismo. Perdió la cuenta de los semáforos en rojo y no se fijó en las ventanas abiertas o cerradas de ninguna casa. En la oficina de correos le habían dicho que una carta local tardaba un día en llegar a su destino. Eso fue bastante para mantenerlo en ascuas toda la tarde. Hacía siglos que no recibía una carta dirigida a él. Ni siquiera su mujer se las había escrito. No le gustaba pensar en ella. Desde que se separaron no había vuelto a tener noticias, sabía que se había marchado a otra ciudad después de relacionarse con una especie de asociación cultural donde había conocido a un hombre, pero eso era algo que le tenía sin cuidado. Se durmió pensando en su carta.


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Arco Iris
Emilio Morote Esquivel
NÁUFRAGOS
21×15 cm - 175 pág.
ISBN: 978-84-933354-3-4
PVP: 12,00 EUR
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