MÓVIL ECUÁNIME

La venganza del ángel caído
Joaquín Ferrá Mojica Joaquín Ferrá Mojica
"La promesa de una prolífica carrera" (Europa Sur), de una "literatura fluida, léxico rico y expresiones detallistas" (Area, Campo de Gibraltar), constituye "uno de los novelistas más sorprendentes de los últimos años" (Faro Información), un "autor por méritos" (Ronda Semanal) que reúne "calidad y amenidad en cada publicación" (Crónica de Ronda) ya que "a la chita callando, atesora ya una cumplida bibliografía tanto en prosa como en verso" (Diario de Cádiz) prodigándose en distintos géneros literarios: Guión de cine (Ab aeterno, 1995; Pasión china, 1996); infantil (Cuentos encadenados, 2004); el relato (Susurros del viento, 2004); el verso (Las palabras del silencio, 2004; Punto y seguido, 2005); epistolar (Cartas a Dublín, 2005) y la novela (El desafío del ángel caído, 2003).

Especializado en la narrativa, nos sorprende una vez más con este Móvil ecuánime, controvertida y documentada historia que combina eficientemente densidad, interés social y preciosismo literario.
 
Reseñas - Prólogo - Página principal
 

 
Reseñas:

"... controvertida y documentada historia que combina densidad, interés social y preciosismo literario a la perfección."
- Europa Sur

Inicio de página
 

 
Prólogo:

Llegó a la capilla cansada, imbuida de un desánimo propio, dadas las circunstancias. Todo lo acontecido en los últimos meses le habían agotado psíquica y físicamente. Se detuvo en la entrada, divisando el altar alegre. La capilla no cometía excesos, considerando su austera complicidad con el pueblo. Sin embargo, el altar era alegre... será que la austeridad no tiene nada que ver con la tristeza, quizás. Los tonos pastel y la figura de María, sonriente y hermosa presidiendo la capilla, contagiaban cierta paz lejana al temor que inspiran esos templos grises con rostros llenos de sufrimiento y calvario. Se oían pocas voces, en un lugar así se susurra, se murmura, se sisea si acaso. Dos señoras salían, pasando junto a ella, comentando algo sobre alguien... urracas, ancianas sin jubilar entretenidas en chismes ajenos, expertas en moralinas, juezas absolutas del vulgo, preocupadas en las miserias de los demás mientras sus casas se quedan sin barrer... y Cristo crucificado, desde un rincón de la capilla, era testigo.

Caminó unos pasos, casi temerosa. Se ahuecó con fruición los cortos cabellos rubios, como si con ello espantara malos presagios y nervios contenidos. Se alzaba poniéndose de puntillas, debido a su escasa estatura, y quiso abrir los celestes ojos todo lo posible, buscando al sacerdote... pero no hubo suerte. Caminó aún más, hasta casi topar con el altar. Ataviado pulcramente; los ventanales amplios, invitando a la luz a la casa de Dios... haciendo de la luz propietaria de la casa y a Dios dueño de la luz. Púlpito de madera con atril labrado; sillas al fondo, como para presidir un gran evento... un sacrificio de cuerpo y sangre... y las flores, empapando de aromas el aire. La mezcla de azahar y claveles no empalagaba... pero embriagaba peligrosamente, aturdía. Recordó por un instante las olas... caricias... las rompientes... besos... la resaca como rechazo y el mar de fondo como los celos silenciosos que parecían presagiar desastres. Las brisas como suspiros, un faro a lo lejos como un parpadeo, la tempestad como apasionada entrega y la intimidad de un puerto pesquero... el mar que les unió... el río que les separaba... Pensó que quizá el sacerdote había tenido que salir después de la misa. Decidió marcharse y regresar en otro momento... ya se giraba para hacerlo cuando, a su izquierda, vio abrirse un confesionario y salir de él una sotana de manera majestuosa, cosa extraña, ya que se contraponía con la austeridad del templo. El sacerdote se giró para mirarla, como si supiera que estaba allí. Era alto y algo joven, con el cabello muy corto, casi negro, de tez blanquecina pero... aquellos ojos oscurísimos... parecían taladrar su mente. Sonrió, como si realmente supiera más de lo que debería. Caminó hacia ella sin prisas, con una seguridad admirable y, una vez a su lado, ocurrió algo que la estremeció...

-Buenos días, señorita. ¿Puedo ayudarla en algo?

El día había amanecido gris, amenazando con la llegada de un otoño que se auguraba triste en Málaga. En un principio, parecía que iba a llover. Incluso las temperaturas habían descendido escandalosamente de forma que, los madrugadores, habían desempolvado las rebecas y chaquetas de esas que no sirven para mucho. Sin embargo, la sensación junto a aquél cura era reveladora... porque, de repente, a pesar de su ropa, del día grisáceo y del fin del estío, no hacía frío... ni tampoco calor. El olor era confortable, un aroma de empatía que la seducía. Su sonrisa invitaba a intimar... a simpatizar con él.

-Buscaba al padre Ernesto -musitó ella. Él sonrió, comprendiendo.

-Lo siento, el padre Ernesto se encuentra enfermo y me pidió que le supliera hoy... soy el padre Esaú, si puedo servirla tenga por seguro que haré más por usted de lo que podría hacer Dios mismo... -acompañó su comentario de una carcajada, dando por sentada la broma.

-Pues, no se ofenda, se lo ruego, pero quería confesar y... el padre Ernesto me conoce ya, ¿sabe? Me ofrece confianza y...

-Sí, le comprendo. Es difícil abrir el corazón. Aunque la confianza es algo etéreo, se entrega y se pierde con la misma facilidad. A veces nos inspiran confianza quienes no lo merecen y casi nunca lo hacen los apropiados... además, el padre Ernesto es mayor... y quizá prefieras a un sacerdote menos... revolucionario...

-¿Usted es revolucionario? -preguntó ella-. Eso no es malo, ¿no? Cristo era un revolucionario...

El padre Esaú torció el gesto, como si le incomodara el comentario.

-Cristo era un visionario, criatura, pero ten por seguro que no era cristiano... sólo fue judío... un judío traicionado por quienes le vitoreaban... no hizo caso de quien le ofreció salvación en su condena...

Ella dio un paso atrás, confundida. Él había ensombrecido sus palabras pero ahora volvía a sonreír, cómplice... quizá no fuera tan malo cambiar de confesor, por una vez.

-De acuerdo. Si no es una molestia para usted, quisiera recibir confesión ahora mismo...

Él, sin abandonar su sonrisa, asintió.

-Sólo quisiera que me tutearas, niña. Porque puede que juntos hagamos grandes cosas... ¿cómo te llamas?

Ella sonrió también antes de contestar.

-Selina -dijo, ofreciéndole la mano. Pero él, para su asombro, le tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, besándole dulcemente en la mejilla... luego se separó de ella y dijo...

-Encantado, Selina... sígueme a la sacristía, allí estaremos más cómodos.

Y ella, mientras le veía alejarse, caminando como si se meciera entre nubes, se pasó la palma de la mano por la mejilla besada... por un momento, se preguntó quién pudiera ser roda de plata por rasgar el tibio tul de los mares de sus sueños... aquellos que sólo él conocería. El beso, acompañado del misterio atractivo que encendía aquél hombre (varón, por primera vez a sus ojos) la adormeció durante unos instantes... luego, le siguió hacia la sacristía...


* * *

Varias horas antes, justo antes de amanecer, llovía torrencialmente en París, el verano se acababa, no había dudas. Mariel, insomne, observaba la lluvia desde su lecho, a través de la ventana de su habitación. Se incorporó lentamente hasta salir de su cama. Miró a David en la oscuridad, que seguía roncando... llegadas ciertas horas, David no podía evitar quedarse dormido en cualquier lugar, igual que una morsa. Podían darle una paliza en aquel momento y él no se enteraría. Mariel, despeinada de manera exagerada, con sus rojos rizos desperdigados por toda la cabeza, observó detenidamente a su marido, bajo las sábanas... no se explicaba cómo pudo haberse casado con aquel hombre. Lo hizo por sus padres, quizá... porque era el novio que a ellos les gustaba. Lo hizo porque David era el hombre que le convenía... pero ¿a quién o ante quién le convino? Chasqueó los labios antes de girarse de nuevo hacia la ventana. Caminó hasta ella, apartó las cortinas, y miró instintivamente hacia el corredor al que daba la abierta puerta de su habitación. Su instinto maternal le hacía pensar en sus hijos... Volvió a mirar la ventana.

Súbitamente, ocurrió algo extraño... algo casi familiar. La lluvia cesó... de golpe. Y, con el fin del goteo incesante, llegó un silencio terrible y... un aroma a flores muy suave... un olor profundo también... el tiempo pareció detenerse (como antaño) y supo que allí había alguien más... con toda seguridad. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no estaba asustada, más bien, eran los nervios que siente una adolescente esperando a su amante porque... no hacía frío, ni calor...

Volvió a mirar al pasillo y vio una sombra introducirse en una de las habitaciones de los niños. Inició una carrera descalza hacia la sombra... pasó junto a la habitación de la pequeña Margot, deteniéndose en la puerta... dormía plácidamente. Siguió hasta el cuarto de Jacob y entró en él, no había sombras... El niño miró a su madre, con los ojos negros brillándole en la oscuridad.

-¿Qué haces despierto, cariño? -dijo ella.

-He tenido un sueño, mami. -Comentó el pequeño, seriamente, lo cual llamó su atención. Cierto es que Jacob no le parecía un niño normal, abstraído siempre. Melancólico y pensativo. A Mariel le preocupaba esto, ya que no era natural semejante comportamiento en un niño de seis años.

-¿Qué tipo de sueño, mi vida? -preguntó la madre.

-He oído la voz de mi padre, hablándome en un idioma que no conozco, mamá. Me asusté... -ella sonrió.

-No te preocupes, cariño. Papá está dormido en la cama.

-No -dijo el pequeño- no me refiero a papá, mami... era otra voz... pero, en el sueño, yo sabía que era mi padre... -y tras estas palabras, el pequeño se giró en su cama y se durmió con un suspiro.

Mariel, aún asombrada por las palabras de su hijo, se asomó a la ventana de su habitación... y le vio... en la calle, bajo una farola iluminada, una figura familiar... hubiera jurado que era... pero no podía ser... o quizá sí. Llevaba gabardina, pero iba descalzo y no lograba verle bien el rostro... entonces, pensó: "Lee mi pensamiento. Si eres quien creo que eres podrás hacerlo. Eres magnífico, creado con el mayor mimo y dedicación, directamente de los dedos de Dios. Pero ¿puedes leer el pensamiento? Vuelas lejos de la imaginación, conoces los secretos de la humanidad... pero ¿te es posible saber lo que pienso, lo que siento incluso? Lee mi pensamiento, entonces. Atrévete a mirar. Yo te quiero aún, ¿lo sabes? Pero necesito saber si me amas tú a mí... todavía... te lo suplico, ¡léeme el pensamiento!". Cerró los ojos con fuerza, procurando comunicarse con alguien de manera imposible pero, al abrirlos, el personaje ya no estaba allí. Pensó que, a esas horas, debería estar prohibido pensar.

Comenzaba a amanecer, y sintió algo de frío, así que decidió darse una ducha antes de llevar a los niños al colegio.

Un par de horas más tarde, la familia salía atropelladamente a la calle. El sol había salido, refulgente, como diciendo "tranquilos, lo de anoche fue una broma". Abrieron las puertas del coche y entraron en él los niños, Margot y Jacob. David le hizo un comentario a su mujer sobre el tiempo cuando vieron aparecer en plena carrera a un adolescente sobre un monopatín que casi atropella a Mariel. El chico se detuvo y pidió perdón. Mariel le sonrió y dijo:

-Deberías andar con más cuidado o te caerás -no esperaba una réplica, ya que comenzaba a entrar en el vehículo tras estas palabras pero, se detuvo al oír al muchacho replicar...

-No me importa caerme, señorita... siempre y cuando sea jugando...

...el olor...

Mariel volvió a salir del coche con gesto de asombro. Miró al chico y preguntó:

-¿Cómo has dicho?

-Digo que no importa caer, mientras uno esté jugando... lo realmente malo es caer cuando uno no se divierte, cuando no se procura ser feliz... ¿me comprende, señorita?

-¡No es señorita, es señora, descarado! -exclamó David desde el coche. El chaval sonrió a Mariel, negando con la cabeza.

-Necesito hablar contigo, -dijo ella. Pero el muchacho, pecoso y sonriente, regresó a su patín diciendo:

-Es probable, señorita, pero tendrá que ser en otro momento... -con asombrosa habilidad, el chico giró sobre su monopatín, antes de marcharse y, alzando la voz, dijo-: ¡Ah! La respuesta es "sí... más de lo que quisiera".

-¿La respuesta? -preguntó ella. El muchacho soltó una carcajada simpática- usted quiso saber si sus velas navegan por los mares del amor, y si mis vientos le eran favorables... y yo le contesto, señora... lo hago porque sé que usted sí que no sabe leer el pensamiento...

Volvió a reír y se marchó como el viento... corriendo calle abajo sobre su tabla... se marchó el olor... el tiempo transcurría otra vez... hacía calor. David salió del coche, mirando a su mujer...

-¿Qué te ha dicho? -ella sonreía con una nostalgia a la que nadie podría acceder jamás, mientras se le escapó una solitaria lágrima, viendo alejarse al muchacho, tan joven... pero sabía que su barco aún tenía refugio en el puerto que amaba, sabía que tenía un sitio entre los sueños de un ángel... de pronto, se sintió vieja, pero sabía que algo iba a ocurrir... muy pronto- ¿se puede saber por qué lloras? -preguntó David, enfadado. Ella ni siquiera le miró... tampoco contestó... caminó hasta el vehículo y entró en él.


* * *

Algunas horas más tarde, Esaú se sentaba frente a Selina, en la sacristía. Le sonreía con la complicidad necesaria.

-Ave María Purísima... -dijo, muy bajito...

-Sin pecado concebida... -respondió.

Esaú soltó una risita...

-Bueno, niña, se acabaron los protocolos... ¿qué te aflige?

Selina dudó un momento tan sólo, pero comenzó...

-Verá, padre... estoy angustiada porque... mi novio me ha abandonado... después de tanto tiempo... Tras tanto entregado... y no sé qué hacer con mi vida, ¿sabe?

Esaú le tomó una mano entre las suyas y le miró directamente a los ojos. Ella se notó absorber por ellos, como si cayera a un pozo. Él abrió los labios con parsimonia, tomándose tiempo para responder...

-Ten por seguro, muchacha, que es menos rico el que tiene que el que da... y tú has dado todo lo que eras capaz de entregar. No te lamentes por lo que ha terminado sino que debes alegrarte por lo que empieza...

-No me comprende, padre... le digo que no sé lo que empieza porque no sé qué hacer con mi vida... ¿no me ha oído? Tengo grabado en los labios cada uno de los besos que me han llagado en el recuerdo, no lo comprende, ¿verdad?... usted es cura y no podría comprenderlo...

Esaú, sin dudar, se inclinó sobre ella y le besó en los labios. Un beso largo... pausado... un instante delicioso para el que Selina no estaba preparada... sin embargo, no tardó en corresponder... luego, él se separó de ella. Selina, terriblemente avergonzada, arrojó la mirada al suelo, con las mejillas inundadas de color...

-¿Por qué ha hecho eso? -preguntó. Él le alzó el rostro con un dedo bajo su barbilla, despacio.

-Ya no hay marcas, ¿verdad?... ya no hay llagas en tus labios ni en tu memoria. La ausencia de los besos de tu ex-novio sólo podrá traerte las maravillas de otros besos. Lo he hecho para liberarte de tu pena. No te engañes por la sotana que me cubre, muchacha, porque una sotana esconde secretos que sorprenderían a tu joven imaginación. Te he besado porque yo tengo la experiencia y tú las sensaciones nuevas, aún dormidas... y cuando dos personas así se besan, el cielo abre sus ventanas y los mares se visten de fiesta...

-Usted no parece cura, ¿sabe?

Él se echó a reír ruidosamente. Echando la cabeza atrás.

-Parezco muchas cosas que no soy, chiquilla... como casi todo el mundo, supongo. Todos parecemos cosas que no somos...

Quiso decirle que besaba como besa el viento, como un ladrón que roba el beso igual que el bolso, como un amante que dulcifica tiernamente lo más simple. Pero su vergüenza aún le embargaba.

-Mis padres no comprenden que siga así. Pensaban que me recuperaría antes... pero es que no quiero estudiar, no se me apetece trabajar... no tengo ganas de hacer nada de lo que debiera hacer.

-¿Has pensado en ofrecerte a los demás? -preguntó el sacerdote. La pregunta había sido formulada con toda la intención. Con una media sonrisa y los ojos entrecerrados. Con la avispada gracia de quien se sabe triunfador sobre las mentes más pobres y menos imaginativas.

-¿Quiere decir... como misionera? -preguntó ella.

Esaú negó con la cabeza.

-No te quedes en la superficie, Selina. Sé ambiciosa. Lucha por llegar a lo más lejos. No te pongas barreras, niña... la vida te impondrá suficientes, no le hagas el trabajo tú...

-No le comprendo, -musitó ella.

Él le sujetó el rostro con las manos, obligándole a mirarle.

-Eres creyente, ¿no?

-Claro.

-¿Católica?

-Por supuesto, ¿por qué cree que estoy aquí?

-¿No te gustaría vestir una sotana como la mía?

Esaú le soltó la cara y se puso en pie, mientras ella digería su pregunta. Se encendió un cigarrillo que extrajo de un paquete alojado en un cajón y le dio una profunda calada. Ella negaba con la cabeza, sin salir de su asombro.

-Usted está loco. -Susurró.

-Eso dicen todos aquellos que son pobres de espíritu y de imaginación...

-Pero la Iglesia sólo acepta hombres para ser sacerdotes... todo el mundo lo sabe...

-Todo el mundo lo sabe porque ninguna mujer lo ha intentado. -Dijo él-. Ten presente que es necesario romper barreras para hacer el bien. Tú lo dijiste antes... Cristo fue un revolucionario... pues revoluciona, Selina. Impón tu voluntad de hacer el bien, de llevar la palabra de Dios hasta donde haga falta, pero con los mismos derechos de un hombre... imagínatelo... tu primera misa... tu vida consagrada a Dios y a los feligreses... lejos de esas sensaciones de desasosiego que ahora te inundan...

Ella, con la mirada perdida, seguía negando...

-Nunca me aceptarían...

-Oblígales a hacerlo.

-¿Cómo?

-Usa la Ley. Usa la imaginación... -ella aún dudaba...

-Usted no me conoce. No sabe cómo soy... ¿cómo puede aconsejarme eso?

Esaú asintió, como desilusionado...

-Ya entiendo. Te diré algo, criatura... solamente hay una cosa sin antes en su principio... y es que, antes de ser como eres hoy ¿alguien sabe o supo cómo habías sido?... -Selina sopesó las palabras, sin llegar a entender...

-No le comprendo. Habla usted de cosas que no entiendo...

Él volvió a asentir y dijo.

-Muy bien, entonces olvídalo. Quizá te sobre valoré, Selina. Hace falta ser mucha mujer para hacer algo así... -hizo la señal de la cruz con una desgana absoluta y le dijo- ...puedes irte, chiquilla. Superarás tu angustia, no te preocupes... si necesitas ayuda espiritual vuelve en un par de días, el padre Ernesto podrá ofrecerte el consuelo que yo no soy capaz de darte... -se puso en pie, queriendo protestar... ella era tozuda y persistente. Era lo "suficiente mujer" como para emprender cualquier empresa... lo que ocurría es que... es que- ...vamos, Selina... márchate. Tengo cosas que hacer... yo sí elegí luchar así que estoy ocupado... vamos...

Y Selina se marchó. Salió de la sacristía, atravesó las hileras de asientos de la capilla y, antes de abandonar el templo, se giró para mirar el altar... tan alegre... y pensó que... ¿por qué no?... si un hombre podía serlo, ella podría serlo aún mejor... y salió de allí, convencida de lo que debía hacer.

Desde la sacristía, Esaú fumaba, con parsimonia. Sonriente. Expulsaba el humo con calma, recreándose en el acto. Miró hacia el techo y sonrió... como un niño ante su mejor travesura... luego, como si confesara de nuevo, susurró, sin dejar de mirar al techo...

-Padre, creo que he pecado... -se tomó unos segundos para volver a fumar y dijo...- ¡Jaque al rey!... tú mueves...


Inicio de página
Arco Iris
Joaquín Ferrá Mojica
MÓVIL ECUÁNIME
21×15 cm - 276 pág.
ISBN: 978-84-933354-7-2
PVP: 13,00 EUR

También disponible como libro electrónico.
(Formato PDF - 0,9 MB). Más detalles

Arco Iris
Volver a publicaciones - Página de bienvenida - Pedidos
Arco Iris