LÁGRIMAS PRIVADAS

No hay nada después
2ª edición
Emilio Morote Esquivel Emilio Morote Esquivel
Es escritor autodidacta desde hace unos años. Ha quedado clasificado en la fase final con una novela en el prestigioso premio Herralde en el año 2002; también sus cuentos, de los que ha escrito más de una veintena, han obtenido reconocimiento en certámenes internacionales, en los que se ha clasificado finalista, muchas veces entre casi dos mil concursantes. En el año 2006, Emilio cosechó dos grandes logros: colocó una novela, El sendero eterno -inédita todavía-, como segunda clasificada en el Premio Fernando Lara de la editorial Planeta, sólo por detrás de Fernando Sánchez Dragó, que fue quien ganó finalmente, por un estrecho margen. También, esa misma novela se clasificó en la fase final del premio Herralde de ese mismo año 2006.

Colabora con prensa nacional de carácter musical, como la prestigiosa revista catalana Ruta 66, en la que publica artículos de crítica literaria y artística.

En Lágrimas Privadas, Emilio ha tratado de dar una visión objetiva de una realidad ante la que mucha gente aparta la mirada, sin ideas moralizantes, con toda la objetividad de que un ser humano es capaz ante hechos tan complejos como los que se dan en el mundo de la droga.

Cuadro de la portada: Emiliano Cuadrado Briales.
 
Reseñas - Capítulo 1 - Página principal
 


Reseñas:

"Emilio Morote Esquivel, es un escritor autodidacta, entusiasta y realista. Con su primera novela, Lagrimas Privadas, consiguió en 2005 editar en pocos meses dos tiradas, y con su segundo libro, Náufragos, quedó en la fase final del prestigioso premio internacional de novela Herralde en 2002, cuando está sólo era un boceto. Posteriormente en 2006, fue premiado con el segundo Premio Fernando Lara de la editorial Planeta por su novela El Sendero Eterno -inédita todavía-, también clasificada en la fase final del premio internacional Herralde de ese año. En la actualidad Emilio colabora con la prestigiosa revista catalana Ruta 66, en la que publica artículos de crítica literaria y artística.

"Este relato es diferente a lo que estamos acostumbrados a encontrar en otros libros. Lágrimas Privadas es una novela sencilla y fresca que cuenta la original y sorprendente historia de dos jubilados que acaban sus días tendiendo que vender hachís para subsistir. Los protagonistas del libro, Ulises un ex almacenista viudo y endeudado, y Manolo, un ex legionario a quien todo el mundo llama 'El Lejía' se verán inmersos en una serie de extrañas y sorprendentes experiencias ajenas al mundo de las personas de su edad. La trama del libro comienza justo tras la muerte de Marieta, la mujer de Ulises, quien acosado por las deudas y el desarraigo no encuentra una solución a sus problemas. En el hogar del jubilado conoce al otro protagonista, Manolo. Esté es un tipo singular y misterioso, que a diferencia del resto de los jubilados, parece vivir la vida como un jovenzuelo, bebe coñac del caro, viste ropa de marca, sonríe a las ancianas y bromea con los demás jubilados del hogar. Un buen día el Lejía invita a Ulises a un restaurante chino, y esté hambriento tras varios días sin comer acepta casi sin pensar la invitación del ex legionario. Después de escuchar la penosa historia del pensionista, y fumar un porro de hachís sentados en un parque, Manolo le propone a su compañero entrar en el negocio y vender costo con el... Reservamos para los lectores el resto de la historia y su jugoso e inesperado final. Un libro ameno y diferente, que como una ventana abierta nos muestra la realidad en la que aun hoy viven muchas personas mayores."

- Gonzalo Belchi Cruzado de la revista 'Spannabis'


"Lágrimas Privadas es una novela donde la prosa es ágil a la vez que profunda; en ella se retrata el submundo de los jubilados desde una perspectiva por completo novedosa."

- Revista 'OMNIA'


"Alguien a quien podía suceder cualquier cosa, incluso sobrevivir al infierno. Así termina Lágrimas Privadas, intentando aclarar algo que al lector avispado le habrá quedado patente desde las primeras páginas del relato. Ulises ya vive en el infierno, aunque es el perdedor con el que todos tendemos a simpatizar. El golpe en su relación sentimental primera le sacude y le acerca a la catástrofe prematura; y aunque parece que la buena racha le llega con un viento llamado Manolo, Ulises está predestinado. Y no importará todo lo que conozca, todo lo que descubra en sus días de esparcimiento y expansión mental, en su segunda juventud, ya que el personaje posee una alma bajo un tormento tal que difícilmente conseguiría huir de sus propios fantasmas (ni aunque hubiese conseguido salir totalmente victorioso). Y es que en ello reside el drama y la chispa de esta trama. La condena inicial no tiene prórrogas o fianzas, con lo que las historias que surgen a su alrededor a lo largo de la narración sólo son pesos que añadir a la balanza de culpabilidades.

"El autor de esta novela, el prolífico escritor Emilio Morote, consigue desconcertar a la par que agradar a este humilde redactor. Primero por su cambio radical y por su alejamiento de los viajes fantásticos a la relativa ciencia ficción (terreno en el que también se desenvuelve con acierto). Por otra parte, el creador sabe desmarcarse de los convencionalismos y plantea un asunto cotidiano como algo surrealista. ¿Nuestros abuelos son 'camellos' en potencia? Tal vez no en sus circunstancias pero... quién sabe lo que podría pasarle a una persona llevada al límite de su resistencia psicológica. Podrían entonces entrar en un juego peligroso sin siquiera darle la mínima importancia que requiere. Una vez más puedo disfrutar con una trama cuidada, sin demasiadas pomposidades y giros absurdos pero cargada con el toque de emoción suficiente para convertir un relato social en un trepidante y adictivo juego narrativo."

- Sergio Guillén, director de 'Renacer Eléctrico'


"Aparte de polemista del heavy metal y colaborador rutero, Emilio Morote Esquivel ejerce también de novelista. Con varios cuentos en su haber, esta es su primera obra extensa y relata las peripecias de un anciano que acosado por las deudas y el desarraigo hace migas con un peculiar jubilado que le iniciará en el consumo y tráfico de costo. Una agridulce peripecia, narrada con agilidad, que se lee como un canto a la senectud rebelde."

- Ruta 66


"Sobrevivir al infierno, a una endiablada, monótona y pobre, en todos los sentidos, vida.

"Emilio Morote escribe una historia llana, de aquellas que decimos 'se leen del tirón', pero inquietante; tanto, como cercana. Esta historia la he visto en mi barrio. Sin pausa, con profusión de los dos puntos ortográficos ( : ) -una cosa conlleva a la otra-, el autor sabe profundizar en el mundo de los jubilados: acabados o aventureros."

- Jon Marin de la Revista 'Los + Mejores'


"Una novela sobre la realidad de las drogas.

"Si te gustan los relatos ambientados en la gran ciudad, las historias donde aparecen delincuentes juveniles, traficantes de drogas, jóvenes enganchados a la noche, a los disco bares, a la realidad oculta de las adicciones... aquí encontrarás una visión nueva de una existencia al límite."

- Ignacio Rielas de 'Rockthunder'


"Una novela apasionante que se lee de un tirón y que desde esta revista os recomendamos con entusiasmo."

- La Factoría del Ritmo


"Un deslumbrante viaje por la vida nocturna de una gran ciudad desde la visión de un hombre completamente alejado y extraño al mundo que va a presenciar, pero al que tiene necesidad de entrar aquejado por la soledad, una reciente vida de esposo sometido al yugo de las costumbres y las acuciantes ansias de felicidad que quedan en el fondo del estómago de todo perdedor."

- Diario Lanza


"... engancha al lector desde la primera a la última de sus páginas gracias al retrato que hace de un lugar desconocido pero de mucha actualidad como es el mundo de las drogas."

- Metro directo


"Novela transgresora y heterodoxa, que refleja toda una manera de encararse a la decrepitud."

- La Vanguardia


"Lágrimas Privadas se está convirtiendo en un pequeño fenómeno a escala nacional. Una novela publicada en una casa independiente que está empezando a despuntar como uno de los fenómenos editoriales de este año."

- MetalThunder


"...una novela que no puedes dejar de leer."

- Revista 'Yerba'


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Capítulo 1:

Durante tres días Ulises Mendes no salió del estupor en que le habían dejado los últimos acontecimientos, no sólo la muerte de su mujer, Marieta, lo que de por sí ya era suficiente para acabar con el ánimo de cualquier hombre de sesenta y ocho años, sino el hecho quizá no tan funesto pero de consecuencias catastróficas de que el cuidado de la enferma y el estado de ánimo en que le había sumido su agonía le había hecho olvidarse de pagar el seguro del entierro, de modo que el día posterior a la ceremonia un empleado de la funeraria, con una justa cortesía profesional que no ocultaba un matiz de urgencia mercantil, se presentó en su piso del barrio de viviendas humildes con una factura de cuatro cifras que por un momento hicieron que Ulises se olvidara del dolor para sustituirlo por la preocupación de quien no está acostumbrado a convertirse en moroso. El cobrador era un tipo estirado, de un engreimiento juvenil acentuado por su traje de corbata, que no se ahorró un comentario de una insolencia de acreedor impaciente propiciada sin duda por el aspecto desvalido de Ulises, que le preguntaba cuánto plazo tenía para pagar la deuda.

-Lo mejor es que lo haga cuanto antes. Debería haber domiciliado el recibo, así no le hubiera pasado esto.

Se despidió y Ulises se sentó en la oscura sala con la factura en la mano pensando en lo que acababa de oír, en que si hubiera firmado un papel en el banco para que le pasaran el recibo los de la funeraria, en vez de los miles de euros que ahora debía sacar de alguna parte, sólo habría tenido que desembolsar unos doscientos, que era la cantidad con la que aparecía todos los años por la oficina de la aseguradora, después de haberla apartado de la paga de jubilación, porque nunca le había gustado la idea de que alguien pudiera meter la mano en su cuenta del banco y retirarle dinero sin que él estuviera delante, le parecía que le podían engañar en cualquier momento y que si firmaba para que le pasaran el recibo de la luz o del agua, estaba dando un consentimiento tácito para que cualquiera pudiera mangonear en sus escasos ahorros de jubilado. Por eso siempre había ido a la compañía eléctrica, a la de teléfonos y a la del agua, todos los meses sin fallar uno, con el dinero contado desde la noche anterior, con una pulcritud de alumno aplicado que antes de cenar colocaba sobre el recibo que enviaban por correo postal las compañías la cantidad exacta de dinero con la que iría por la mañana a pagar a la oficina correspondiente. Le gustaba enseñárselo a Marieta y anunciarle que ese día iría a pagar. Antes de jubilarse del almacén de pinturas había sido ella la encargada de hacer cola a veces durante casi una hora detrás de otras personas que venían a quejarse o a tratar alguna incidencia, pero luego, en su aburrimiento, él la había relevado de la tarea y se había apostado en las colas a esperar a que le llegara el turno, y cuando por fin le tocaba, si había alguna empleada nueva que no lo conocía, de forma invariable se encontraba con la recomendación nunca seguida de que con una simple firma se ahorraría el tiempo de espera. Él sonreía y no decía nada, las empleadas veteranas conocían su inclinación por los pagos en metálico y se ahorraban los consejos. Luego Ulises comentaba con Marieta el afán de los trabajadores de quitarse clientes de encima, y ella le daba la razón, porque ambos compartían aquella desconfianza por pagos donde no se veía el dinero y todo eran cifras reflejadas en la cartilla.

-Luego se equivocan, te cobran de más y a ver a quién reclamas -concluía Marieta con una frase que podría haber pronunciado el mismo Ulises y que reflejaba un pensamiento común de solidaridad matrimonial, acentuada por la falta de hijos, la misma que los había acabado aislando de un mundo de avances materiales a los que eran ajenos por falta de entusiasmo y de dinero.

Por la misma razón se negaban a usar las tarjetas de crédito y los cajeros automáticos: Ulises iba al banco el día uno de cada mes, ni uno antes ni uno después a no ser que coincidiera en festivo, y cobraba la cantidad justa de dinero que le había ingresado la seguridad social, volvía a casa y le entregaba los billetes a Marieta, que se apresuraba a apartar la porción que correspondía al más importante de los desembolsos y del que dependía su relativo bienestar de familia obrera reducida a dos miembros: la hipoteca que llevaban pagando quince años a los que todavía había que sumar otros diez para darla por liquidada, y que en los días del fallecimiento de Marieta vino a sumarse a los pesares de Ulises, pues no sabía de dónde iba a sacar el dinero para pagar a unos y a otros.

Lo mejor es que liquide cuanto antes, le había dicho el empleado de la funeraria, como advirtiéndole de que su empresa tenía los medios necesarios para hacer efectivo el pago de cualquier manera, y luego Ulises tuvo la presencia de ánimo de acercarse a las oficinas donde una joven le explicó que podía amortizar la deuda a plazos, aunque resultaría un poco más caro. Ulises no se lo pensó y se acogió a esa modalidad, firmó unos papeles y con los escasos ahorros que conservaba en el banco pagó el primer recibo de los diez o quince que todavía tenía pendientes, lo que le concedió un respiro de un mes: pues para cuando falleció Marieta el pago de la hipoteca ya se había efectuado, por el banco, única excepción que hacía la pareja en sus convicciones de abono en metálico, quizá porque en este caso coincidían en la misma oficina el lugar donde cobraban la pensión y donde le habían concedido la hipoteca a veinticinco años.

Volvió a casa y preparó un plato de los que le había enseñado Marieta cuando había empezado a encontrarse mal y ya no pudo hacerse cargo de la cocina. Se sentó delante del televisor y puso las noticias sin verlas, sentía las paredes más gruesas que nunca, como si en lugar de por los delgados tabiques de ladrillo a través de los cuales podía escuchar las conversaciones de los vecinos, estuviera rodeado por colosales muros de alguna fortaleza antigua y abandonada donde se hubieran dado cita la soledad, el miedo y el dolor. Qué vas a hacer cuando no esté yo, le había preguntado Marieta unos días antes de perder del todo el conocimiento: en el último instante de lucidez había rescatado aquel espíritu protector con el que la naturaleza la había dotado para volcarlo sobre los hijos que nunca vinieron y lo reservó in extremis para su marido, que no se atrevía a cruzar una calle con el semáforo en rojo aunque el coche más próximo estuviera a doscientos metros, no sólo porque hacía años que le dolían las rodillas cuando andaba deprisa, sino por un miedo innato a infringir la ley, por más que únicamente se tratara de un precepto municipal cuya desobediencia sólo podía acarrearle una charla de un policía local, suponiendo que lo hubiera por los alrededores.

Aparte de las rodillas, había gozado siempre de una salud razonablemente buena, nunca había faltado al trabajo en el almacén de pinturas, un lugar insano donde las condiciones laborales se habían ido deteriorando en los últimos años, a pesar de lo cual no se había sentido legitimado para llegar tarde o demorarse en la media hora del bocadillo como hacían otros compañeros suyos, más jóvenes, que enseguida comenzaban a quejarse del ritmo de esclavos faraónicos que les imponía el gordo encargado de la empresa, un tipo a quien nadie llamaba por su nombre y ante quien Ulises experimentaba una mezcla de sentimientos en la que sin ninguna duda primaba el respeto, o más bien el miedo hacia alguien que podía decidir su despido y dejarlo en la calle. Se había limitado a obedecerlo sin rechistar, sabiendo que cada vez le quedaba menos tiempo de aguantarlo, que en pocos meses se iría del almacén con la jubilación y nunca más tendría que preocuparse por la mirada torva de aquel gordo que ya había despedido a dos trabajadores más jóvenes que Ulises.

A pesar de su obediencia de criado medieval, en un par de ocasiones se había ganado una reprimenda del encargado y había acudido a casa un poco más tarde de lo habitual, no porque se hubiera entretenido en un bar como hubieran hechos miles de hombres en su circunstancia, sino porque se había dedicado a caminar por la ciudad sin rumbo fijo, esperando a que se le pasara el sofoco, el disgusto y la implacable sensación de derrota que hacía presa en él cuando alguien le hablaba con el tono de voz algo más alto de lo habitual. Cuando en sus caminatas de peregrino se extraviaba por barrios desconocidos, los paseos se podían prolongar durante horas, pues no se decidía a preguntar a algún transeúnte dónde se encontraba, no fueran a tomarlo por un bromista y le contestaran con una fresca o, peor aún, fuera a dar con algún gamberro o un psicópata de los que salían en los noticiarios que veía con Marieta en tardes sin fin que a él le recordaban las aulas vacías de los colegios de posguerra donde se quedaba castigado a estudiar mientras sus compañeros jugaban en el patio. De modo que cuando llegaba a casa tenía que sumar a la del gordo encargado del almacén la reprimenda de Marieta, que le preguntaba dónde has estado, me tenías preocupada, por qué no has llamado, y él se callaba: le daba vergüenza decirle que no podía utilizar una cabina telefónica porque ya se había gastado la cantidad que él mismo se asignaba, en aquellos tiempos del sueldo y luego de la jubilación, como si en vez de un adulto se tratara de un niño que tuviera que dar explicaciones a sus padres.

Pensó que en esos días anteriores a la muerte de Marieta se habían acabado para siempre las explicaciones, porque su mujer se había convertido en un zombi dopado de morfina que los médicos le recetaban con una generosidad de remedio inútil: él mismo le inyectaba las ampollas con una técnica que le habían enseñado las enfermeras del centro de salud, cuando decidieron que mantener a Marieta en el hospital era un acto tan carente de resultados como intentar apagar un incendio forestal con dedales de agua. Y cuando no pudo soportar el peso de las paredes ni el de sus propios pensamientos, bajó a la calle y se encaminó al único sitio donde se le ocurría ir cuando salía de casa.


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Arco Iris
Emilio Morote Esquivel
LÁGRIMAS PRIVADAS
2ª edición
21×15 cm - 217 pág.
ISBN: 978-84-933354-0-3
PVP: 13,00 EUR

También disponible como libro electrónico.
(Formato PDF - 0,7 MB). Más detalles

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