EL ALMA DE LA DOCENCIA

Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres
Juan Domingo Macías Simavilla Juan Domingo Macías Simavilla 
nació en La Línea de la Concepción el 25 de septiembre de 1947. Estudió en Alicante, Salamanca y Ceuta, donde cursó Magisterio como alumno libre, simultaneándolo con sus ocupaciones laborales en La Línea. Trabaja desde que tenía quince años y a los dieciséis publica los primeros artículos en prensa escrita. Desde hace más de treinta años es colaborador en diferentes medios informativos del Campo de Gibraltar, Costa del Sol y Ceuta, tanto escritos como radio y televisión. Ha ejercido la Docencia durante cuatro décadas, de forma ininterrumpida, en distintos colegios del Campo de Gibraltar. Actualmente está jubilado.
En el año 2002 resulta finalista en el Concurso de Narraciones Breves 'Blas Infante', que convoca el Ayuntamiento de Casares, con el cuento Tierra ilusionante. En el 2005 publica su primera novela: A los píes del Peñón, un relato que refiere la forma de vida de gentes humildes y sencillas, con alusión expresa a determinados modus vivendi, así como la convivencia en los patios de vecinos y entre los habitantes de uno y otro lado de la frontera. En el 2009 ve editada una nueva obra, El baile de los vientos, una narración que denuncia la diáspora que sufrió el municipio linense a raíz del cierre de la frontera con Gibraltar y las consecuencias negativas que tuvo para La Línea. El alma de la Docencia es su tercera novela.
 
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Prólogo:

Los problemas de la Educación se han ido incrementando con el transcurrir de los tiempos extendiéndose a parcelas que, por novedosas, sorprenden y demoran las soluciones impidiendo que las medidas que se adopten resulten efectivas. Las propuestas que se formulan, a veces absurdas cuando no repletas de condicionantes e incoherencias, no constituyen respuestas satisfactorias acordes con las carencias reales de la Docencia.

Desde que el hombre hizo acto de presencia sobre la faz de la Tierra tuvo necesidad de aprender y enfrentarse a las adversidades que surgían para poder subsistir. A lo largo de los tiempos las distintas civilizaciones han ido utilizando maneras diferentes de educar que, desde la óptica del siglo XXI, pueden parecer inhumanas cuando menos, pero en su momento debieron ser eficaces. Los pueblos de la antigüedad sometieron a los jóvenes a pruebas atroces con el fin de hacerlos más fuertes, hombres curtidos y aguerridos, experiencias que hoy resultan increíbles por brutales.

Hasta hace unos años los padres enviaban a los hijos a la Escuela conscientes de que el correctivo habitual pasaba por el castigo físico. Lo de 'la letra con sangre entra' era aceptado con la mayor normalidad. Además, el alumno procuraba que el ascendiente no se enterara de la punición porque volvía a ser sancionado en casa, incluso más severamente. Hoy día es el docente el que puede ser agredido por el padre si recibe una queja del hijo, aunque no sea cierta como ocurre más de una vez, lamentablemente.

A lo largo de la Historia los pedagogos se han ocupado de analizar los distintos aspectos que confluyen en el proceso educativo, observándolos desde criterios diferentes, sin que hayan conseguido ponerse de acuerdo sobre la manera eficaz de alcanzar el fin, la educación del individuo. Han sido muchas las maneras de educar que han puesto en práctica, todas y cada una plagadas de imperfecciones, que hay que intentar entender situándolas en su momento. Cientos, miles de maestros se han afanado en la aplicación de métodos educativos y técnicas de aprendizaje que no tardaron en quedar obsoletos ante la evolución de la Sociedad.

Cuentan que Licurgo, un legislador griego que vivió cuatro siglos antes de Cristo, en cierta ocasión fue invitado a hablar sobre Educación y, ante la sorpresa de todos, pidió que le dieran unos meses para preparar la conferencia. Llegado el día de la disertación se presentó en el Foro con dos perros y sendas liebres, encerrados cada uno en su jaula. Ordenó a los criados que dejaran libre un animal de cada especie. El roedor salió corriendo despavorido pero el mamífero no tardó en alcanzarlo, destrozándolo. Resultó una escena muy desagradable. Seguidamente ordenó que abrieran las otras dos jaulas pero, a diferencia de la ocasión anterior, el perro y la liebre se pusieron a jugar amigablemente ante la sorpresa de todos. El filósofo explicó a la concurrencia que era 'una demostración de lo que se puede conseguir con la Educación, basada en una concepción clara de la vida que transformaría el mundo'. Añadió que 'además de desarrollar la inteligencia, ante todo debemos educar a nuestros hijos aclarando el corazón y despojándolo de imperfecciones' Apostilló que 'la educación no debe constituir un mero establecimiento de informaciones, sino que también hay que trabajar las potencialidades interiores del ser para que florezcan a semejanza de una flor bella y perfumada'. Son conceptos tan claros y sencillos que siguen teniendo vigencia en el mundo de hoy. Lamentablemente, al llevarlos a la práctica, surgen un sin fin de escollos que dificultan el proceso educativo e impiden alcanzar el objetivo propuesto.

Un maestro de escuela, de a pie, con muchos años de experiencia en la Docencia, curtido entre el polvo de la tiza, el olor a viruta de los lápices, el chirriar de los pizarrines y el hedor a orín de los niños, hacía un análisis peculiar de la Educación recalcando que, desde siempre, ha supuesto recortes para la libertad del individuo. Añadió que, si los primeros homínidos no hubieran adquirido pautas de conducta, continuaríamos todavía trepando por los árboles desprovistos de un taparrabo que ocultara las partes íntimas. El hecho que se cubrieran supone una intimidación de la libertad innata de la persona. El docente incidía en que las distintas formas de comportamiento de los hombres conllevan una represión de los instintos naturales, de libertad en definitiva.

El veterano maestro abundó en que el niño va a la Escuela a educarse y, en consecuencia, la libertad se ve limitada indefectiblemente. El alumno debe saber que en el colegio no puede tener la misma forma de comportarse que en casa o en la calle. Los padres tienen la obligación de asumirlo y hacérselo entender a los hijos. Algo tan elemental como que a la escuela hay que ir correctamente vestido y aseado, con la voluntad de aprender, algunos se niegan a acatarlo.

Un dicho muy antiguo refiere que 'cuando el maestro abre la puerta de la escuela los alumnos deben saber entrar'. Ciertamente, los escolares deben conocer que en el colegio existen unas pautas de comportamiento que hay que cumplir, como que tienen que permanecer sentados y callados en el aula, colaborando en el desarrollo de la clase y en la eficiencia de la Docencia. Son premisas tan simples como difíciles de acatar. Pero no hay que malinterpretar la proposición. En ningún momento se pretende que los niños sean estatuas porque la propia Naturaleza los invita a moverse, a relacionarse, a vivir, pero siempre dentro de un orden que, tanto en el aula como en el recinto escolar, debe limitar la forma de proceder del educando. Lo que no se puede permitir es que los alumnos estén charlando continuamente, de pié, cuando no saltando por encima de las mesas, sin el más mínimo interés por la actividad docente como ocurre con más frecuencia de la deseada.

Afortunadamente quedó atrás la enseñanza anquilosada y dogmática, impartida en escuelas lúgubres, de paredes tristes y sombrías. Hoy día los métodos educativos son vivos y activos, encaminados a estimular al alumno con el ofrecimiento de intereses que hagan más atractivas las materias, complementado por técnicas apropiadas que, de una forma u otra, los maestros siempre han procurado poner en práctica, con independencia de las limitaciones existentes. Pero no hay que confundir la conveniencia de hacer atractiva la Enseñanza, de tener flexibilidad para que los niños muestren interés por los contenidos, con la indisciplina y la falta de respeto como ocurre en demasiadas aulas con mucha frecuencia. Además el alumno debe saber que sin esfuerzo no hay recompensa. Los aprobados hay que ganárselos con el estudio y la aplicación; no se pueden regalar como está ocurriendo.

Los gobiernos sucesivos han ido actualizando los sistemas educativos, implantando distintas leyes de Educación con la pretensión de mejorar la Docencia, pero la triste realidad es que no han conseguido encontrar soluciones satisfactorias, sin duda porque no son fáciles de hallar, sobre todo en lo que se refiere al problema del comportamiento, a la indisciplina generalizada en los centros. Fórmula magistral no hay, evidentemente, pero acaso los mandatarios sólo se hayan ocupado de una parte de la Docencia, de la material, de lo superfluo, obviando la esencial, la que afecta al alma de la Escuela, la que se refiere a la relación entre el maestro y los alumnos, la que permite el aprovechamiento mutuo, la que conexiona la vocación del docente -traducida en la satisfacción de educar, de enseñar, de instruir, de formar...- y el interés de los escolares por aprender, por asimilar las enseñanzas que, en un elevado por ciento de los casos, no se alcanza por falta de motivación, por la apatía y la animadversión hacia todo cuanto se relaciona con el centro docente. Son carencias que, además, se van a incrementando a medida que el niño pasa de curso con las excepciones que confirman la regla.

Personalidades muy cualificadas en el campo de la Pedagogía se han ocupado de estudiar, analizar y valorar la problemática existente en las escuelas. Desde púlpitos importantes han expuesto sus puntos de vista, las conclusiones a las que han llegado, y se han atrevido a proponer soluciones que, teóricamente, están muy bien, pero en la práctica no consiguen erradicar las dificultades que azotan a los centros docentes, acaso porque nunca han bajado a la arena de las aulas para lidiar los ejemplares que, con más frecuencia de la que sería de desear, se encuentran en los colegios.

La falta de respeto unida a la desgana y la poca implicación de la familia aparecen de forma generalizada en la casuística docente y, contra tales males, los remedios que ofrecen los burócratas desde las poltronas de la Administración son ineficaces, sencillamente porque se apartan de la realidad escolar que desconocen. No es lo mismo pronunciar una conferencia rimbombante ante un auditorio selecto, atento e interesado, o en la Facultad dirigiéndose a universitarios que necesitan aprobar la asignatura, que enfrentarse en clase todos los días a unos niños, de niveles e intereses distintos, entre los que se mezclan los irrespetuosos con los desaplicados, los gamberros y los inaguantables, que cada vez son más, lamentablemente. Un número significativo de alumnos ni atienden, ni entienden, ni tienen interés por nada. Sólo se dedican a molestar y no vale achacarlo a la debilidad del maestro de turno como algunos osan justificar, porque el problema está demasiado extendido.

Desde luego la solución a la problemática educativa no se consigue haciendo rellenar a los profesores gran cantidad de impresos, muchos papeles, programaciones inservibles por ineficaces y adaptaciones curriculares -individualizadas o singulares-, que se leen por encima porque valen para bien poco, además de cumplimentar un rosario de formularios que no siempre recogen la verdad. En la mayoría de los casos la burocracia sólo sirve para hacer perder al docente un tiempo precioso en detrimento de aspectos más interesantes, provechosos y necesarios para la Escuela.

Los numerosos aditamentos que se fraguan para complementar la Enseñanza están muy bien en teoría y, de hecho, pueden tener una función importante que cumplir, pero de nada sirven si, antes, no se consiguen solucionar, o al menos paliar, el problema fundamental que, desde los primeros cursos, azota a la Docencia de hoy en día: la indisciplina generalizada en los centros docentes.

Alguien señaló en cierta ocasión que, utópicamente, podríamos utilizar el más perfecto de los sistemas educativos, los métodos de aprendizaje más adecuados, las técnicas más sofisticadas, el profesor más eficiente, pero sin un mínimo de disciplina es imposible dar clase. Como refiere un personaje de la narración 'ni el mismo Pestalozzi que bajara de los cielos' conseguiría la eficiencia necesaria en las tareas educativas sin orden en las aulas.

Otro de los protagonistas del relato opina que 'es imposible enseñar a quien no tienen el menor interés en aprender', y, ciertamente, son muchos, demasiados, los alumnos que se congregan en las aulas haciendo gala de comportamientos y actitudes deplorables, sin la más mínima motivación. Con demasiada frecuencia los maestros acuden a las clases a aguantar niños, a soportar impertinencias, pero sin las herramientas adecuadas para corregir la indisciplina y, además, carentes del respaldo de la Superioridad.

Conviene aclarar para evitar confusiones y malos entendidos, que la disciplina que se propone no tiene porque parecerse a la espartana, ni a la militar, ni siquiera a la que había en las Escuelas durante buena parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando los castigos corporales eran habituales, aunque en el Reino Unido vuelven a tener vigencia de nuevo. Pero es necesario, imprescindible, que el alumno tenga un comportamiento adecuado en el colegio para que las clases se puedan impartir dentro de un mínimo de normalidad y con eficiencia. Los escolares y la familia deben tener conciencia de que la actitud del niño en el centro docente no puede ser la misma que fuera del colegio.

Las soluciones a la problemática que presenta la Escuela no son fáciles de encontrar. La Sociedad deambula por unos derroteros que no resultan, precisamente, cauces idóneos para el buen comportamiento de los escolares sino que, muy al contrario, invitan a la gamberrada, a veces a la sinrazón. Los programas televisivos, las familias desestructuradas y la forma irresponsable como se manifiestan algunos adultos, en términos groseros cuando no maleducados, no resultan espejos ejemplarizantes en los que puedan mirarse los niños sino que, muy al contrario, repercuten de forma negativa en la conducta de los escolares.

Asimismo, con demasiada frecuencia, el alumno suele escuchar en casa y en la calle críticas desconsideradas hacia el estamento docente, comentarios que contribuyen a que acuda al colegio con cierta animadversión tanto hacia la Escuela como a los profesionales de la Enseñanza. Incluso en las familias más moderadas que intentan ser consecuentes con la necesidad de colaborar con el centro donde el hijo cursa estudios, a veces se emiten opiniones sobre el profesorado y en relación al centro docente, aparentemente intrascendentes, que influyen negativamente en el concepto que el niño recibe del maestro y del colegio.

Desde el mismo momento que el alumno entra por las puertas del recinto escolar el comportamiento debe estar presidido por el respeto, no sólo al maestro sino al propio centro docente y también al material escolar, tanto al común como al personal. Pero, en demasiadas ocasiones, el niño se manifiesta de manera crítica y agresiva hacia todo cuanto encuentra dentro de la Escuela. Con frecuencia aparecen paredes garabateadas -muchas veces con motivos groseros-, los pupitres pintados y rayados, las sillas destrozadas... El mal uso del papel higiénico es una constante entre el alumnado; además de malgastarlo, atasca los lavabos y los inodoros, cuando no hace bolas, que moja para estamparlas en el techo. Los destrozos de la grifería y las cisternas son demasiado habituales. Por mucho menos en casa se hubiera ganado un buen cachetazo, pero en la Escuela es inadmisible el correctivo eficiente y, como se reduce a la reprimenda, sin más, a las primeras de cambio vuelve a las andadas. Otro tanto ocurre con las tizas que los chicos utilizan indebidamente para hacer garabatos en las pizarras, a veces groseros, cuando no los convierten en proyectiles lúdicos durante las clases, en el comedor o en el patio.

Los alumnos también utilizan mal el material propio. Destrozan los bolígrafos, sacan punta a los lápices innecesariamente hasta agotarlos, rompen las gomas de borrar en trozos pequeños para molestar a los compañeros en clase y pintarraquean los cuadernos, entre otras acciones incívicas simplemente por el placer de divertirse, a sabiendas que no les va a pasar nada. Son pautas de comportamientos habituales y difíciles de entender. Pero no hay problema; mamá vuelve a comprar otro utensilio nuevo, la mayoría de las veces sin interesarse, siquiera, por lo que ha ocurrido con el que tenía, o sin reñirle cuando conoce el estropicio intencionado.

La condescendencia generaliza de los padres queda corroborada, una vez más, con la mala utilización del uniforme escolar que una gran mayoría de centros tienen establecidos tras la aprobación pertinente por el Consejo Escolar. Con más frecuencia de la que sería de desear, los alumnos acuden al colegio vistiendo como les parece con la complicidad de los ascendientes; hacen lo que les da la gana, en definitiva. Cada vez es más frecuente observar a escolares luciendo un persing, incluso encima del ombligo -como ocurre en la narración- asistiendo al centro con la barriga descubierta para lucirlo. Hace unos años hubiera sido impensable prácticas tan irrespetuosas. El decoro en la indumentaria de alumnos, y de los profesores también, debe ser un predicamento que contribuya a la buena imagen. Los comportamientos incorrectos no se permiten en países avanzados donde tanto procuramos mirarnos. Conviene incidir en que la actitud negativa del alumno hacia la Escuela no sólo la practican los menos aplicados sino que, en ocasiones, alcanza a los más estudiosos y repercute en el rendimiento escolar del niño desmotivado, que no son una minoría, precisamente.

De otra parte, la gran cantidad de actividades extraescolares que se ofertan a lo largo del año, durante el horario lectivo, suponen un menoscabo importante para el currículum escolar además de una reducción considerable de clases que suman una cantidad significativa de horas. A la postre impiden que puedan impartirse las materias de acuerdo con la programación establecida y que, a final de curso, no se hayan terminado de dar con la repercusión negativa para los alumnos.

De poco sirve que se quiera complementar la actividad docente con distintos programas, aparentemente atractivos, pero que en la práctica resultan ineficaces y, en un elevado tanto por ciento de casos, no son objeto de un aprovechamiento mínimo en gran parte por la falta de interés aludida. Algunos comedores escolares también contribuyen a la mala educación como consecuencia del comportamiento desdeñoso de los alumnos. El lanzamiento de trozos de pan y el desperdicio de la comida son demasiado habituales, mientras las normas de urbanidad mínimas brillan por su ausencia. El golpeo de los cubiertos a modo de redoble de tambores también es usual.

Asimismo la mayoría de los centros bilingües, los Tics, u otros con programas similares están muy bien en teoría pero en la práctica no funcionan como debieran, por decirlo suavemente. ¿Cuánto más efectivo sería dedicar todos los esfuerzos que se hacen, incluidos los económicos, a mejorar la eficiencia de la Enseñanza Primaria?, a que los niños aprendan bien lo básico, lo elemental: leer, escribir, que dominen las cuatro reglas y adquieran unas pautas de comportamiento adecuadas para que, cuando pasen al instituto, estén mucho mejor preparados de lo que van en la actualidad.

Para erradicar los problemas que acechan a la Escuela hay que coger el toro por los cuernos, pero de verdad. Mientras se sigan poniendo paños calientes, parches ocurrentes e interesados, es imposible encontrar soluciones efectivas a la problemática escolar. No podemos seguir apoyándonos en medidas condescendientes para paliar la situación generada porque, de esta manera, difícilmente vamos a conseguir los cambios que demanda la Docencia. Sólo servirán para escuchar opiniones bondadosas y conciliadoras, que a muchos le agrada oír pero que a nada conducen. Entretanto la tasa de analfabetismo se mantiene y el abandono escolar se eleva de forma preocupante al tiempo que la desaplicación de los alumnos y el aprendizaje deficiente son un mal endémico como corroboran los suspensos de hecho, en tanto la formación carente de valores humanos se sigue imponiendo, fomentando el síndrome perverso que envuelve al sistema educativo vigente.

Asimismo la permisibilidad en las escuelas, que habitualmente se confunde con tolerancia, complementada por la indisciplina generalizada, trae consigo que determinados alumnos pasen de curso sin los conocimientos básicos. Algunos aprueban las asignaturas inmerecidamente porque no es conveniente que los centros adquieran 'barrigas'. Sería impensable que un colegio de dos líneas tuviera varios primeros, otros tantos segundos, tres terceros, dos cuartos, un quinto y medio sexto, acordes con los niveles reales del alumnado. Lo cierto es que, cuando los escolares concluyen Primaria, todos acceden al instituto a seguir progresando adecuadamente, aunque no hayan alcanzado el nivel exigido como ocurre en bastantes casos. Si de verdad se valoraran los méritos reales de los colegiales sólo pasarían a Secundaria un número considerablemente menor, los que aprobaran merecidamente como ocurría hace tan sólo unos años. Entonces al instituto sólo iba los que querían estudiar de verdad, los que se lo merecían.

Desde la opinión humilde de un maestro con experiencia dilatada en la actividad docente, el verdadero problema de la Enseñanza radica en que se ha perdido el sentido auténtico de la Escuela, el alma de la Docencia, que permite la relación estrecha entre el profesor -el único docente que atendía la clase en Primaria hasta hace unos lustros- y el alumno. Entre el educador y el educando existía un cordón umbilical, una simbiosis altamente provechosa, un acercamiento mutuo que ayudaba a que el escolar aprendiera, a que absorbiera las enseñanzas del pedagogo y le tuviera, incluso, más respeto que a los propios padres, sin duda porque los progenitores también se lo tributaban y, en definitiva, la instrucción resultara fructífera, lo mismo que la formación generada.

Hoy día, por el contrario, los árboles impiden ver el bosque y son tantos los complementos que soporta la Escuela, los abalorios que cuelgan de la Enseñanza, las circunstancias adversas que rodean a la actividad escolar que, en no pocas ocasiones, en vez de resultar positivos para la Docencia, lo único que consiguen es perjudicar al proceso formativo, entorpecer la educación del alumno en definitiva.

Tampoco podemos dejar de hacer referencia al inconveniente que supone para la mejor atención al currículum escolar la cantidad de conmemoraciones, concursos y actividades extraescolares que se programan, la mayoría en horario lectivo, sin olvidar las interrupciones reiteradas que se producen a lo largo de cada jornada para abordar cuestiones nimias, que sólo consiguen entorpecer y obstaculizar la actividad docente.

Lamentablemente la Sociedad de hoy en día parece que ha dado el visto bueno al 'todo vale', que propugna la juventud de manera generalizada, máxima que ha conseguido introducirse en los colegios apoderándose de la convivencia dentro de las aulas.

La disciplina escolar tiene que ser uno de los principios fundamentales que forjen los cimientos del sistema educativo sobre los que construir la Escuela que todos deseamos y necesitamos. Mientras no se ataje el mal de raíz, hasta que no se adopten medidas eficaces, todos los programas y complementos de la Enseñanza reglada, en los que se invierten ingentes cantidades de dinero, serán florituras que para la galería pueden estar muy bien pero en nada contribuyen a la eficiencia de la Educación.

Tampoco podemos dejar de hacer referencia a la relación entre padres y maestros que, cada vez, plantean problemas más frecuentes. A diferencia de cualquier otra actividad profesional de la Escuela todo el mundo quiere saber, incluso más que los profesionales de la Educación. Y una cosa es la conveniencia de la colaboración de la familia y otra muy distinta son las intromisiones, que se cuestionen la labor de los profesores y quieran imponer criterios particulares en el colegio.

La autoridad de los docentes pretende ser reforzada mediante un decreto que ha visto la luz hace poco. Ciertamente se trata de una vieja demanda del profesorado que ha sido atendida pero que no se pueda garantizar mediante una Ley, por muy drástica que resulte, sino que se consigue a base de respeto, de consideración, de tolerancia, de reconocimiento..., prerrogativas que se han ido perdiendo en la Escuela a lo largo de los años y que no son fáciles recuperar de un plumazo.

El alma de la Docencia aglutina las vicisitudes vividas por un maestro de escuela a lo largo de la existencia, desde la infancia hasta la vejez, complementadas con las experiencias acumuladas durante cuatro décadas de actividad docente ininterrumpida y las secuelas sufridas en el aspecto anímico. El relato denuncia la existencia de la problemática generalizada que afecta a la Enseñanza, centrado en la Educación Primaria, situación que, lamentablemente, se viene incrementando con el transcurrir de los años sin que se encuentren soluciones efectivas.


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Arco Iris
Juan Domingo Macías Simavilla
EL ALMA DE LA DOCENCIA
21×15 cm - 352 pág.
ISBN: 978-84-938626-0-2
PVP: 16,00 EUR
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También disponible como libro electrónico.
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