LA BARCA DEL PAN

Otra visión del narcotráfico
Francisco Díaz Valladares
Francisco Díaz Valladares
nació en el pueblo sevillano de Villamanrique de la Condesa y ha dedicado gran parte de su vida a viajar. Ésta circunstancia le ha llevado a recorrer multitud de rincones del mundo, a convivir con gente de diversa cultura y sociedades y todo ello con una gran capacidad de absorción de lo que experimentaba en cada momento. Ha publicado varios artículos en prensa y entra en el mundo de la literatura junto con Rosa María González, planteándose ambos el reto de escribir una novela sin conocerse a través de Internet: Pasiones Virtuales.
 
Reseñas - Capítulo 1 - Página principal
 

 
Reseñas:

"Francisco Díaz Valladares es un escritor polifacético, ingenioso, y comprometido siempre con la realidad que le rodea. En está, su segunda novela nos sorprende con un tema tan espinoso y delicado como es el narcotráfico. En La Barca Del Pan Francisco Díaz Valladares ha querido reflejar la situación que se vive en muchas zonas marginales, pueblos y barrios del litoral sur español, donde honrados pescadores se ven forzados a ceder a la tentación del dinero fácil que les ofrece el contrabando de droga. Realidad que el propio autor ha conocido de cerca tras un largo periodo de documentación y convivencia con algunos de los 'protagonistas', tras visitar a los presos en una cárcel, tras embarcarse en una patrullera de la Guardia Civil del Mar, y después de hablar con familias destrozadas por la marginación, la avaricia y la droga. Anteriormente Francisco ha publicado diversos artículos en prensa, y ha escrito junto a Rosa María González Pasiones Virtuales, la primera novela escrita a través de Internet entre dos personas sin conocerse. 

"La trama de La Barca Del Pan  transcurre al sur de la península, en la zona del Estrecho de Gibraltar, en una humilde barriada de pescadores, en un pueblo cualquiera de la costa andaluza. Todo comienza cuando Kiko se encuentra con un viejo amigo del barrio, Salvari, quien le propone trabajar con el para Don José, un traficante afincado en Ceuta. Desde ese momento la vida serena y tranquila del pescador se irá complicando más y más a medida que suceden los acontecimientos. Los personajes del libro, Kiko y su abuelo, dos humildes pescadores, el sargento Valdivieso, patrón de una patrullera de la Guardia Civil del Mar, y Juan, un abogado internado en la cárcel por asesinato, son hábilmente retratados por la pluma del autor. Quien con estilo ágil y directo nos propone está nueva visión del narcotráfico y de cómo está lacra desgarra a las familias más pobres y humildes de la sociedad. Francisco Díaz Valladares le aporta además a está historia ese el toque de tensión e intriga justo para atrapar al lector hasta la última página. Un relato real como la vida misma, muy interesante y ameno con el que seguro disfrutarás."

- Gonzalo Belchi Cruzado de la revista 'Spannabis'


"La trama, los personajes y los diálogos hacen de La barca del pan un libro realista en el que el autor no juzga pero hace reflexionar al lector. Su compromiso ha hecho que no tenga reparos a la hora de tratar un tema tan espinoso como el narcotráfico y se ha documentado a conciencia para que su trabajo resulte verosímil."

- Europa Sur


"Un testimonio casi directo de la realidad social de la costa del sur de España, en la que honrados pescadores se ven obligados a ceder a la tentación del dinero fácil que les ofrece el contrabando."

- Revista Proscritos


"La barca del pan se consolida en el mundo literario haciendo reflexionar al lector sobre uno de los mayores problemas que azotan nuestras costas."

- El Periódico de Sotogrande


"Hay que advertir que lo que Díaz Valladares cuenta en su novela lo ha observado en persona, siguiendo el modelo de los grandes novelistas reporteros como Hemingway."

- Salustiano del Campo Urbano, Presidente del Instituto de España


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Capítulo 1:

Con los ojos aún semicerrados tras la larga siesta, Valdivieso se dejó invadir por el paisaje oscuro que le rodeaba, tratando de desmenuzar la pesadilla que momentos antes le había atenazado. En ella, un grupo de personas se agolpaba en una plaza bailando, cantando y riendo, hasta que apareció él vestido de uniforme. Se hizo el silencio. Los rostros mudaron la expresión e intercambiaron miradas furtivas que fueron a su encuentro. Eran las caras que aparecían en las fichas de los detenidos. Caras sin nombre, sin edad, sin historia. Pero entre ellas también descubrió la del vecino, la del tendero, la del dueño del bar, la de la señora que vendía los cupones en el quiosco, la de su mujer, la de sus hijas...

Horrorizado vio como sus brazos se alargaban intentando separar a los unos de los otros y, de repente, se desvanecieron.

Algo confuso por el recuerdo de lo soñado, se incorporó lentamente hasta que su mirada topó con el reloj que latía sobre la mesilla de noche: las siete y cuarto.

-¡Maldita sea! Siempre lo mismo. ¡Lola! -gritó.

El tenue sonido del televisor y las risas de las niñas desde el cuarto de estar, fueron la respuesta. Puso los pies descalzos sobre las frías baldosas y se levantó envuelto en una aureola de somnolencia mientras volvía a gritar caminando en calzoncillos por el estrecho corredor:

-¡Lola!

La voz del televisor se amortiguó y las niñas callaron.

-Dime -respondió Lola al abrir la puerta de la salita.

-¡Joder! Te dije que me llamaras a las siete -reprochó con cierto tono de enfado.

-Pues sabes qué te digo, que aprendas a poner el despertador. Además, hasta las nueve no embarcas, ¿no? ¡A qué vienen tantas prisas!

-No me gusta ir con la hora pegada al culo -comentó, suavizando el tono, tras la respuesta airada de su mujer.

Lola se detuvo ante la corpulenta humanidad de cuarenta y dos años: alto, moreno en el recuerdo y atlético en la primavera de su vida, la madre Tierra comenzaba ya a tirar para abajo de alguno de sus músculos dándole aspecto de perro pachón, como solía llamarle ella. El rostro, endurecido por el tiempo, y los brazos, pintados de color moreno por el sol, contrastaban con la blancura exagerada del resto del cuerpo. Los calzoncillos completaban el cuadro y le añadían una pincelada de azul oscuro.

Lola le miró a los ojos hinchados por las cuatro horas de necesitado sueño; los veintidós años de matrimonio le aportaban el suficiente conocimiento para saber que tras los rasgos duros del sargento Valdivieso se escondía un hombre tranquilo, templado y resistente a cualquier enojo, aunque no dejaba de molestarle que la tratara como a una criada.

-Venga, no te enfades grandullón, te sobra tiempo.

-¿Y las niñas, dónde andan?

-Dos jugando en la salita y las otras dos, en la calle.

-Me voy a duchar -anunció rascándose el escaso y canoso pelo.

-Te prepararé el bocadillo.

-No te olvides el termo del café -concluyó él.

El sol rasaba el horizonte cuando Valdivieso llegó al puerto bajo un cielo que empezaba a colorearse de negro plomizo, presagiando lluvias traídas por las brisas del poniente. Bajó del coche y, tras cerrar la puerta, se dirigió con pereza hacia la comandancia para recoger la orden de embarque. En el camino tropezó con aquel sueño incomprensible y con la desgana de tener que comenzar una jornada más. Pasó junto a la embarcación y la miró sin ver, porque ni siquiera se dio cuenta que el cabo le había saludado desde la cabina de control de la Rodman 55.

-Buenas tardes, mi sargento -saludó de nuevo el cabo de la Benemérita levantando - esta vez - un poco más la voz.

Valdivieso frunció las cejas y, sin saber muy bien lo que decía, preguntó:

-¿Están todos a bordo?

-Sí, estamos todos.

-Bien, que se preparen para zarpar. Voy a recoger los papeles y vuelvo enseguida. Primero iremos hacia poniente para luego volver, así cogeremos la marea de aleta y no nos comeremos el oleaje.

Terminados los trámites portuarios, Valdivieso ocupó el lugar del patrón, giró la llave de contacto y los dos motores MAN de seiscientos ochenta caballos rugieron al unísono. A los pocos minutos de navegación las casas del puerto se deshilachaban mezclándose con la línea gris, fría y monótona de la costa, que se alejaba cada vez más de la embarcación.

Al costado de estribor, un nutrido grupo de delfines parecía querer dar la bienvenida y rendir homenaje a la patrullera de la Guardia Civil del Mar, que, como cada tarde, iniciaba su ronda de vigilancia. Asomaban sus lomos del mismo gris que el cielo que ahora casi les cubría, y volvían a desaparecer sumergiéndose en el abismo azulón. La imagen seductora de los desinhibidos e inagotables cetáceos hicieron desviar la atenta mirada del patrón.

Una tarde más, se encontraban en el inmenso azul arropados por la apoteosis de colores del atardecer. Una tarde más, su cansado corazón latía desde el umbral de la ya franqueada madurez y ponía en marcha la brújula de los sueños, ¿o eran realidades? Una tarde más, el grupo de amigos que le acompañaba ejercía la magia de hacerle olvidar imágenes del mundo que dejaba tras la estela de su barco. Un mundo en el que a veces, demasiadas veces, se consideraba desplazado, como si se hallara fuera del contexto general. Con frecuencia se preguntaba qué habría hecho de malo en esta vida para sentirse como perro sin amo.

La lluvia, como era de esperar, hizo su aparición golpeando el techo de la patrullera.

-¡Lo que nos faltaba! Este redoble de tambor será para animarnos la noche -se quejó a la vez que torcía el gesto.

Volvió la cabeza y miró a la tripulación que, ajena a sus pensamientos, conversaba haciendo corrillo en la parte posterior de la cabina.

-¡Miguel!

-Sí, mi sargento.

-Comunica a la base que estamos frente a Punta Cires.

El cabo, sin más dilación, cogió el micrófono de la radio y obedeció la orden del sargento mientras éste miraba ceñudo el brumoso horizonte y aproaba el barco al oleaje.


***

María observaba en silencio la discusión entre Salvari y Kiko cuando la lluvia arreció golpeando con fuerza el techo de uralita. La eterna gotera hizo su aparición matizando el aire pesado de la estancia y María se puso de pies envuelta en un suspiro. Al entrar en la cocina, observó al abuelo sentado con la barbilla apoyada en el bastón y la mirada vacía.

-¿Por qué no te vienes al salón? -preguntó ella.

-Hay demasiada gente -respondió el anciano.

María hizo un mohín, sacó una palangana de plástico de debajo del fregadero y se alejó con ella en la mano. A su regreso, Salvari se había levantado y se movía por el pequeño espacio con preocupación y nerviosismo.

-¡Hostias Kiko! Espabila tío. Ya son más de las once -voceó enojado.

-Tranquilo Salvari, tranquilo -repuso Kiko atándose los cordones de las zapatillas de deporte.

-¿Cómo que tranquilo, tranquilo? ¡Cojones! El moro te estará esperando a la una y todavía tenemos que llevar la zodiac a La Torre.

Después de colocar la palangana bajo la gotera, María volvió a sentarse en silencio. Su rostro angustiado y el temblor de las manos denotaban el miedo metido en la sangre. Le invadía un oscuro sentimiento de culpabilidad; no sólo Kiko se embarcaba en aquella historia sin saber aún cuáles serían los resultados, también estaba lo de Salvari. Días atrás, cuando Kiko se encontraba trabajando, Salvari había aparecido en un par de ocasiones para acosarla. Aunque tampoco era para tanto, total, un par de besos y algunos achuchones no daban para poner el grito en el cielo. Y por otro lado, a él le debían casi todo lo que tenían.

En los últimos meses, Salvari les había regalado un teléfono móvil, un televisor en color, el dormitorio de las niñas, una pulsera de oro (aunque ella le dijo a Kiko que la había encontrado en la playa) y lo más importante: María ya no debía ni un duro en la tienda. Miró cómo la gotera caía cadenciosa sobre la palangana, clac, clac, clac. Ella también tenía derecho a tener una casa como la de la mujer de Salvari.

-Salvari -se atrevió a decir-, ¿con el agua que está cayendo no sería mejor dejarlo para otro día?

Una carcajada llenó la estancia.

-¡Pero qué tonta eres! ¿no te das cuenta de que la lluvia favorece?

-Está bien, pero tengo miedo -concluyó María.

-Miedo, miedo ¡qué miedo ni miedo! Anda que no he hecho yo veces este viaje.

Kiko, que trataba de cerrar la cremallera del anorak, levantó la vista y lo miró. Su sonrisa era tan oscura como las sombras que sus aspavientos dejaban sobre la pared. Luego giró la cabeza y posó los ojos en María; ella, su mujer, había cambiado. Ni su ropa ni su rostro eran los mismos. Ya no usaba los vestidos descoloridos y ajados de antes, y una espesa capa de desasosiego ocultaba ahora la limpieza de sus rasgos.

La voz de Salvari lo sacó de sus pensamientos.

-Bueno, vamos a repasar esto otra vez no sea que te equivoques y te vayas a Tánger, que últimamente no andas tú... muy espabilado -solicitó Salvari realizando una extraña mueca mientras miraba a María.

Desdobló un papel sobre el mantel y comenzó la explicación señalando con un dedo índice cuya uña lucía negro zaino.

-Esto es Ceuta, cuando pases las luces de la frontera entre España y Marruecos, continúa siguiendo la costa hasta la Isla del Perejil, que es ésta -volvió a señalar-, enciendes la linterna una vez y esperas hasta que el moro te conteste con tres señales, luego...

Una cucaracha apareció renqueando por el blanco mantel y Salvari, sin dudarlo, levantó el puño y la aplastó.

-Mierda, no hay más que mierda en esta casa -farfulló a continuación, apartando los despojos de aquel bicho repugnante con el dorso de la mano.

La mirada de Kiko se desvió hacia la mancha oscura y pegajosa al tiempo que la voz del abuelo irrumpía en el salón desde la cocina:

-Cada vez hay más mierda y cada vez huele peor, Salvari, cada vez huele peor.

Salvari sonrió contrariado. La frase del abuelo le trajo durante un instante el recuerdo de cuando, el ahora anciano, le regalaba pescado para su madre al volver de la mar. Desde muy niño había admirado la condición de aquel hombre que, con aquella sentencia, había puesto al descubierto todas sus miserias, y comenzó a sentirse molesto.

-No le hagas caso al viejo -comentó María bajando la voz al notar el cambio de expresión en el rostro de Salvari.

-Bueno ya está bien de charla -intervino Kiko poniéndose de pie.

-Espera, hombre, espera -atajó Salvari.

Acto seguido introdujo una mano en el bolsillo interior de la cazadora, sacó un fajo de billetes atados con una goma elástica y lo dejó sobre la mesa.

-Esto es un kilo y medio. Cuando vuelvas, te daré la otra mitad.

El paquete ocultó la mancha del insecto.

-Está bien, vamos -concluyó Salvari tras regalar otra mirada a María.

Pasaron frente al abuelo sin que éste levantase la vista del suelo. Salvari trató de decir algo, pero la saliva se atravesó en su garganta y sólo pudo emitir un carraspeo en forma de despedida.

Por las angostas calles de la barriada anduvieron bajo la insistente lluvia hasta llegar al garaje, donde se encontraba el todoterreno con la zodiac enganchada. Kiko se detuvo un momento y la miró. Todo era oscuro: el coche, la lancha, la sonrisa de Salvari...

-¿Qué hora es? -preguntó Salvari cuando salían del barrio.

-No sé, no tengo reloj

-¡Serás mamón! ¡No me digas que aún no te has comprado un reloj!

-Yo no necesito reloj. ¿Y el tuyo?

-Se lo regalé a una puta ¡Vaya mierda!

En el mismo sitio y bajo el mismo árbol, el mismo grupo de siniestras sombras que ayudaron a sacar el primer alijo de droga, esperaba inquieto su llegada.

Una figura ataviada de pantalón vaquero, chupa negra de cuero y anillo en la oreja abandonó el grupo y se acercó dando saltitos para salvar los charcos, exhalando vapor espeso por la boca.

-Oye tío, llevamos más de una hora esperando. -gritó, un poco antes de llegar a la altura del vehículo.

Salvari abrió la puerta de golpe y saltó del coche para, acto seguido, agarrarlo por el cuello y estamparlo contra el lateral del vehículo.

-Escucha tú, hijo puta de mierda. Mientras sea yo el que pague tú estarás y harás lo que yo te diga. Y si tienes que esperar toda la noche te jodes. ¿Te enteras?

-Está bien, tío, está bien -contestó a duras penas, semiasfixiado por la presión de los dedos del mandamás.

Salvari se montó en el coche con la cara crispada y el otro se fue dando tumbos y masajeándose la nuez con la mano derecha.

-Este hijo puta si no lo controlas se te echa encima. Seguro que ya se ha metido un par de rayas-comentó Salvari con respiración convulsa y ojos desencajados.

Kiko no contestó. Volvió la cara observando las gotas que, como lágrimas, resbalaban por el cristal lateral. Resonaron en sus oídos las palabras del abuelo: "cada vez huele peor en esta casa" y se encogió al sentirse como la cucaracha, con el puño de Salvari sobre su cabeza. Las gotas del cristal se posaron ahora en su frente, chorreándole cara abajo; notó en sus pies la humedad de los peces arracimados bajo el asiento de su barca, La Manuela, emitiendo destellos plateados en sus incesantes temblores agonizantes, y sintió frío.

-Ya estamos.

La voz quebrada y angustiosa de Salvari le devolvió a la realidad bruscamente. Su cara había cambiado. Iluminado por la tenue luz del salpicadero, su perfil dibujaba una figura quijotesca, de pómulos acentuados, mentón adelantado y desapretados dientes que asomaban tras la boscosa sonrisa.

-Ya estamos -repitió adelantando la prominente barbilla para señalar una mancha oscura al frente.

Junto al embarrado camino, la arboleda empezó a tomar forma hasta tornarse definida. Entre los árboles, semiocultas, otras dos sombras; dos coches.

-Salvari, ahí hay más gente -comentó Kiko.

-Tranqui, son de los nuestros -repuso la figura cervantina.

-¿No somos muchos para meter la zodiac en el agua?

-Tú a lo tuyo.

Salvari frenó a la altura del primero de los vehículos y la zodiac, empujada por la inercia, golpeó contra la parte trasera del coche dejando escapar un sonido metálico y seco. Bajó la ventanilla hasta la mitad y entraron algunas gotas de agua en el interior. El sonido de la hojarasca arrastrándose por el suelo precedió a su voz.

-Ahora vuelvo -gritó.

-Vale, no tardes, ya son más de las doce -respondió alguien desde el otro vehículo.

Tras un pequeño quiebro al patinar el coche por el lodazal, de nuevo se pusieron en marcha.

-Si no vienen a meter la zodiac ¿qué hacen ahí? -inquirió de nuevo Kiko.

-Ya te he dicho que tú a lo tuyo ¡Joder!

Kiko volvió de nuevo la cabeza hacia el cristal de su lado sintiéndose como un animal de tiro arreado por el dueño. El inmenso mar oscuro y salado se encontraba no muy lejos de él. No lo veía, pero percibía su presencia.

Al poco tiempo Salvari giró a la derecha enfilando un camino que conducía a la playa y paró en seco antes de llegar a la arena. De nuevo, la zodiac se hizo notar con el golpe metálico y seco.

Kiko salió del coche levantándose con ambas manos el cuello del anorak, a la vez que notaba cómo las pocas gotas que en ese momento caían, le mojaban la cara. El del pendiente en la oreja apareció, seguido del grupo que viajaba en el otro coche, mirando de reojo a Salvari. Como si de un salvamento se tratara, en pocos minutos tenían la embarcación en la orilla de la playa.

-¡Kiko! ¿Dónde estás? ¡Joder! -gritó Salvari.

-Meando -sonó la voz a lo lejos.

-¡Pero será gilipollas este tío! Pues no se va poner a mear ahora...

La sombra de Kiko se acercó con paso decidido en dirección a Salvari y paró a un metro escaso de él. Con respiración espasmódica y las bilis desparramadas por los intestinos, cerró los puños con fuerza y lo taladró con la mirada. El grupo permaneció en silencio.

-No me vuelvas a llamar gilipollas -advirtió Kiko poniéndole el dedo índice sobre el pecho sin cambiar la expresión.

Salvari levantó las cejas en un gesto de asombro y temor.

-Venga Kiko, no te enfades, ¡Joder! ¡Coño! -resolvió finalmente, aflojando un apunte de sonrisa mientras le echaba el brazo por los hombros.

Kiko se deshizo del brazo con un ademán violento y se dirigió a la zodiac tratando de atar los nervios. Ni siquiera notó la frialdad del agua al chapotear para llegar a la embarcación preparada ya a unos metros de la orilla, mar adentro. En la oscuridad palpó la llave de contacto y a los pocos segundos se adentró en la lóbrega inmensidad.


***

A medida que transcurrían las horas, el sargento Valdivieso trataba de mantener el rumbo de la embarcación dejándose envolver por la oscura claridad que le rodeaba, a la vez que la resaca de la noche le traía los sueños anclados en el corazón con el paso de los años. El itinerario nostálgico arrancaba en su pueblo natal, donde se instalaría con Lola al retirase. Soñaba con cigarras y grillos, con el canto del gallo, con los trigales formando olas al pasar sobre sus espigas el solano, con las margaritas pavoneándose en las faldas de los senderos frente al fatigado caminante. Soñaba con encontrarse en la taberna, rodeado de sus amigos, tomando cervezas y contándoles, quizá, las mil historias que nadie hasta ahora había escuchado. Ni siquiera Lola. Eran sus historias, sus batallas, sus enigmas...

-Mi sargento.

-(...)

-Mi sargento.

-Dime Miguel -contestó al fin.

-¿Tiene sueño? ¿Quiere que lo releve?

-No, no tengo sueño. Estaba ido. De todas formas ponte aquí un rato. Voy a comer algo.

El cabo ocupó su lugar al timón y él se dirigió en busca del bocadillo que Lola le había preparado. Localizó en la penumbra de la cabina la bolsa y en su interior palpó la envoltura de papel de plata preguntándose de qué sería el bocadillo.

Dando tumbos se dirigió hasta la popa del barco, salió a la bañera y acercó el plateado envoltorio a la nariz para olisquearlo.

-¡Otra vez tortilla de patatas! ¡Joder, siempre igual! Ya podía tener algo más de imaginación -exclamó cabreado.

Miró al cielo. El temporal parecía amainar. Dejó que unas cuantas gotas le mojasen la cara mientras mordiscaba el bocadillo y se embelesó con las franjas de espuma que, como pinceles, los motores dibujaban en la espesa negrura.

Allí estaba él, navegando entre aquella senda blanquecina. Navegando y caminando, viviendo, dibujando franjas en su existencia, como los motores las dibujaban en el mar. Navegando por una vida que se le antojaba falsa, frustrante, vacía. No, no le gustaba tener que estar todas las noches haciendo de mosca cojonera entre los que trataban de saltarse la ley establecida, para que otros se apuntasen los tantos colgándose medallas a costa de su trabajo. Aunque de todas formas, no podría ser de otra manera. Nunca se está donde uno quiere, ni se es lo que se quiere ser, son las circunstancias las que llevan a ese lugar, a esa situación, a ese estado. Cuando era un niño soñaba con ser veterinario para poder curar a la perrita "Diamela" que murió, de adolescente quiso ser militar y, finalmente, acabó siendo guardia civil.

Allí trató de encontrar una puerta abierta a sus aspiraciones, pero al poco se dio cuenta de que no todo era tan idílico como lo había soñado. El continuo ataque a la Institución, las críticas y la actitud de algunos compañeros, aplastados bajo la espesa capa de corrupción que afloraba por doquier, hicieron de aquel ideal un simple trabajo a veces lleno de sinsabores. A él también le habían tentado en ocasiones y nunca llegó a entender por qué se resistió al dinero fácil. Tal vez en algún momento de su existencia firmó un contrato ineludible consigo mismo, aunque absurdo a la vista de los acontecimientos, que le permitía mantenerse íntegro ante las embestidas que recibía desde todos los rincones.

Uno de los componentes de la tripulación salió de la cabina dando al traste con sus elucubraciones.

-Mi sargento, llaman de la base.

-Voy -contestó con voz confusa, dejando escapar las palabras, entre los trozos de pan y tortilla.

Llegó hasta el puesto de mando de la embarcación dando vaivenes y tratando de tragar con premura lo que tenía entre dientes, se limpió la boca con el dorso de la mano y agarró el micro.

-Aquí el patrón de la cero cero uno. Cambio.

Al segundo siguiente, la voz chirriante de la radio se dejó oír por el habitáculo de la patrullera.

-Hemos recibido una llamada anónima, un chivatazo. Al parecer, una zodiac ha salido en dirección a Marruecos con la intención de recoger un alijo de droga.

Valdivieso titubeó un instante y luego apretó el botón de transmisión del micro.

-Base ¿se ha confirmado la llamada?

-Negativo cero cero uno. O es una broma o una venganza entre bandas rivales. De todas formas, estad atentos por si la localizáis en el radar.

-Enterado, base. Corto.

La noticia llegó como una puñalada alegre acelerándole el corazón y los sentidos. Los músculos se tensaron. Era el momento de su actuación, de su salida al escenario ¿Su público? La noche, el mar, y quizá, sus amigos los delfines. ¿Sus aplausos? Las olas, la lluvia y el trueno amortiguado que llegaba después del brillo del relámpago en el horizonte.

La tripulación se agolpó tras los asientos de la cabina de mando. El cabo radarista comenzó a manipular el Raytheon 48: ajustó la escala de distancia a cuatro millas y afinó al máximo el brillo, la intensidad de la pantalla, y el "tune".

Precedida de un silencio casi absoluto, la lluvia crepitó sobre el techo de la patrullera a modo de redoble de tambor.


***

Con el corazón aún encendido por la discusión con Salvari y la idea de ese viaje de ida y vuelta que su mente había proyectado, dirigió la embarcación mar adentro y la proa de la zodiac comenzó a lanzar las primeras dentelladas a las olas hasta encontrarse fuera del rompiente.

No veía casi nada. La pertinaz llovizna que destilaban las nubes bajas chorreaba por su cara obligándole a cerrar los ojos con frecuencia y a navegar guiado por su instinto. Cuando creyó encontrarse lo bastante alejado del rompeolas, viró a estribor y siguió paralelo a la costa tratando de identificar las luces. Eran sus únicas referencias, las luces costeras de la ciudad. Las conocía al dedillo. Orientarse de noche por las luces de la ciudad y por las estrellas fueron las primeras enseñanzas del abuelo. Primero aparecían las del barrio de San Bernardo, esparcidas y titilantes; las de la gran avenida, adentradas en la ciudad como flecha clavada en el corazón; las del aeropuerto, salpicadas de parpadeantes rojiverdes; y al final, como marcando el límite entre lo mítico y lo real, estaría la del faro de Punta Europa.

Acomodó los riñones en la blanda goma de la borda. El motor rugía a sus espaldas, monótono y seguro, a la par que en el tapete de su memoria aparecían y desaparecían las escenas de la playa.

Al llegar a la altura del aeropuerto se adentró una milla para evitar las patrulleras inglesas y, al bordear el enhiesto faro, observó que la marea era de poniente. Ahora debía poner proa al oeste para dirigirse hacia Acebuche y luego atravesar el Estrecho aprovechando las corrientes del otro lado.

Las nubes, que se cernían bajo un cielo cada vez más cerrado y espeso, pronto tornaron la llovizna en un grueso aguacero. En unos segundos quedó envuelto por una oscuridad inquietante que le obligaba a aminorar la marcha de vez en cuando, para comprobar que tenía el viento de espaldas y asegurar el rumbo. Él, acostumbrado a trabajar en aquellas condiciones, ahora tenía el alma llena de incertidumbre, de desasosiego, de miedo... Aquel mundo, que en otro momento le resultara tan familiar se había convertido en otro distinto, hostil. De pronto se percató de su estado. Se encontraba encogido, casi embutido en el anorak y con el motor casi a ralentí.

En una actitud de rechazo hacia sí mismo, se incorporó de un salto y aceleró el motor. Tenía que acabar con aquello. "Un hombre siempre debe acabar lo que empieza" -recordó la frase del abuelo-. Pero al regresar volvería a trabajar con Faustino el calafate. Él era viejo y no tenía familia. Quizá cuando muriese se podría hacer cargo del varadero, aunque habría que cambiar algunas cosas. Ya casi ningún barco se construía con madera, todo era fibra. Bueno, excepto las traíñas, y mientras hubiera traíñas necesitarían un calafate, así que trabajo no le faltaría. Aunque por otro lado no dejaba de pensar en el millón y medio que Salvari había puesto sobre la mesa y en el que le pagaría al volver. Le parecía demasiado dinero, más de lo que él hubiese podido imaginar. Pero algo en su interior le hacía despreciar aquel trabajo, sobre todo, desde el asesinato en el que se había visto envuelto.

A medida que su pasión buceaba en el aire húmedo, jalonando los pensamientos para desviar la atención de la turbia historia que estaba viviendo, las gotas comenzaron a golpear con más fuerza sobre la goma de la zodiac y la noche acabó cerrándose por completo. Ni siquiera distinguía las señales de fondeo de los barcos de la bahía, pero eso no le arredró; viró a babor cuando creyó estar frente a Acebuche para recibir el viento por el costado izquierdo, y puso toda la atención en la proa intentando localizar las luces de Ceuta. Al cabo de unos minutos, entre la ventisca, un tímido resplandor apareció en el horizonte.

-¡Allí está! -gritó.

Sin perder de vista la señal luminosa, se dejó invadir por el relajo y abrió de nuevo la avenida de los sueños. Decididamente no volvería a trabajar para Salvari. Este sería su último viaje. Esta decisión le hizo sentirse eufórico. Ya no prestaba atención ni a la lluvia, ni a los bandazos que la zodiac iba dando al coger la mar de costado, ni siquiera al hecho de encontrarse sentado en un charco de agua. Con el otro "kilo y medio" que recibiría de Salvari al terminar el trabajo, le propondría a Faustino hacer una sociedad y mejorar el varadero. De paso arreglaría La Manuela y animaría al abuelo para que saliese a pescar los fines de semana con él.

La noche se llenó del estridente sonido de la sierra eléctrica al cortar la madera, de los golpes secos del mazo que poco a poco introducía la estopa entre las ranuras de las cuadernas, de los efluvios del alquitrán, del olor a pintura reciente...


***

El cursor del Raytheon 48 dibujaba círculos concéntricos pintando los rostros de verde aséptico bajo la atenta mirada del cabo radarista. A través del silencio, se destilaba un ambiente cargado de tensión, de gestos de impaciencia, de ansiedad.

Cuando la sombra del hastío comenzaba a asomar en la cara de los congregados, un grito entusiasta, vehemente y apasionado, salió de la garganta del cabo.

-¡Aquí!

Las miradas convergieron en el dedo índice que señalaba la pantalla.

-¡Aquí! -volvió a repetir dando un respingo-. Este eco es muy pequeño para ser un barco de pesca.

Los ojos de Valdivieso brillaron de lujuria visual.

-Pásame el micro -ordenó alargando el brazo.

-Base, aquí patrullera cero cero uno. Creo que hemos localizado la zodiac.

-Bien, deme la posición -contestó la base.

El sargento miró la pantalla del radar y luego apretó el botón del micro.

-Actualmente se encuentra a unas cuatro millas de Ceuta y navega con rumbo sudeste.

Hubo unos segundos de silencio hasta que, de nuevo, el sonido estridente y metálico de la radio se apoderó de la cabina.

-Quédense ahí y no hagan nada hasta que haya recogido la mercancía de la costa. Hemos comunicado la posición a la Gof Charlie May cero cero dos, que en estos momentos se dirige hacia ahí. Usted actuará de presa y la cero cero dos de apoyo. ¡Suerte! Corto.

-¡Nos tocó! -exclamó Valdivieso- Luis, cierra las escotillas, tenemos meneo.


***

El resplandor del horizonte fue desapareciendo para dar paso a las cada vez más nítidas luces de la ciudad. Su corazón permanecía aún agitado por la trifulca de la playa y su mente en actitud de rechazo hacia el mundo que Salvari le ofrecía. Ese no era su mundo. Había entrado en él casi sin darse cuenta y ahora tenía que salir. Retumbaron en sus oídos las palabras del abuelo: "Kiko, no te dejes engatusar por el brillo. El mejor oro con el tiempo oscurece".

A una milla de la costa viró a estribor y bajó las revoluciones del motor sin perder de vista el rosario iluminado de la urbe. Era como un trozo de la noche atrapado en una red de miles de bombillas incandescentes, roto de vez en cuando por la estela rojiza de algún vehículo que irrumpía en aquellas horas clandestinas de la madrugada. Al final del espectáculo luminiscente, un espacio oscuro y la hilera de luces que señalaba la frontera entre España y Marruecos. Se arrimó a la costa y buscó la linterna en la bolsa.

-Esperemos que esté el moro -musitó al divisar lo que suponía era la Isla del Perejil.

Con cierta torpeza y ningún disimulo, comenzó a emitir señales con la linterna hasta que desde la orilla recibió contestación en forma de tres pequeños destellos. Puso rumbo hacia allí. No había hecho más que rechinar el fondo de la embarcación sobre la arena de la playa, cuando apareció entre los matorrales una figura oscura, sombría y volatinera, que echó a correr en dirección a la playa dando saltos y realizando aspavientos con los brazos. Lleno de incertidumbre, Kiko dirigió la linterna hacia él. Flaco en extremo, dejaba asomar por la desvencijada gabardina, un cuello pellejudo y una cabeza redonda, pequeña y flanqueada por grandes orejas. Rompía el rostro descarnado una fina hilera de negros pelillos a modo de bigote bajo la nariz; la boca, exageradamente abierta, mostraba las dos o tres piezas que aún le quedaban sobre las casi desiertas encías. El galgo corredor, deslumbrado por la linterna, dio un traspié y cayó rodando justo hasta donde se encontraba la barca. Kiko no pudo evitar reírse. Una vez repuesto del susto inicial, saltó a tierra y lo levantó de un tirón.

-Apaga la luz jai, apaga la luz que los siviles pueden vernos -pidió con urgencia el marroquí mientras intentaba recolocar la desaliñada gabardina, que se le había subido hasta las axilas.

-Pero qué dices chalao. Venga, ¿dónde están los bultos? -replicó Kiko.

-Estás tonto tú, jai, estás tonto tú. Mira lo que ha pasado con mi gabardina -dijo señalando un par de sietes a ambos lado.

Kiko sintió compasión y pena por aquel hombre, a quien seguramente la necesidad le habría llevado a realizar un trabajo por el que le pagarían menos de lo que valdría su gabardina. Le echó un brazo por los hombros y con voz queda le preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Alí -respondió volviendo la cabeza hacia él.

-Está bien Alí, ya hablaré con don José para que te compre otra. Vamos que tengo prisa.

Alí, al escuchar aquel nombre, giró envuelto en pantomima trágica y comenzó a subir el promontorio profiriendo algún juramento en árabe, sin dejar de mirar los rotos de la gabardina. Llegó cerca de un camino donde, entre la lluvia, Kiko pudo distinguir un destartalado Peugeot 505.

-Aquí están -señaló parándose ante tres fardos envueltos en plástico.


***

Desde que la zodiac fue descubierta por el radar, la patrullera se convirtió en un hervidero. Presidido por un silencio casi absoluto, cada miembro de la tripulación ocupó un lugar determinado. Chalecos salvavidas, ropas de agua, visores nocturnos, prismáticos, bicheros de abordaje y otro sinfín de elementos fueron pasando de mano en mano hasta que todos quedaron equipados y listos para la acción. El ambiente estaba cargado, tenso, lleno de ansiedad contenida, de miradas cortas y fugaces.

-Ya la veo -comentó el que portaba el visor nocturno-. Ahí está. Ahora entra en la Isla del Perejil.

La adrenalina casi se podía palpar dentro del habitáculo.

-Base, aquí cero cero uno. La tenemos localizada. Acaba de entrar en la Isla del Perejil. Cambio -anunció Valdivieso dejando escapar cierto nerviosismo en su voz.

-Enterado cero cero uno. Dejad que se adentre en el Estrecho un par de millas y luego la abordáis. Lo comunicaré a la cero cero dos. Corto.


***

Kiko colocó los fardos en la proa de la zodiac y comenzó a dar atrás despacio. La quilla rechinó sobre la arena a modo de despedida y la figura triste de Alí se perdió en la oscuridad.

Mientras viraba, observó los paquetes que tenía delante y pensó de nuevo en el medio millón que Salvari le entregaría por cada uno de ellos y en la persona que acababa de dejar en la playa. ¿Cuánto le pagarían al de la gabardina rota? Un sabor amargo le invadió el paladar. Seguía pareciéndole demasiado dinero por aquel trabajo. Esa cantidad no la ganaba él ni en dos años pescando. Otra vez las palabras del abuelo resonaron en sus oídos. "Kiko, no te dejes engatusar por el brillo. El mejor oro con el tiempo oscurece." Definitivamente ésta sería la primera y la última. Comenzaba a sentirse harto de los insultos de Salvari. Él no era el criado de nadie. El trabajo ya estaba hecho, pero no volvería a liarlo con otra historia como aquélla.

La oscuridad se acentuó con la lluvia que arreciaba de nuevo tamborileando sobre los envoltorios de plástico. Bordeó la costa hasta llegar de nuevo a la altura del entramado luminoso de la ciudad de Ceuta y viró a babor.


***

-¡Ya sale! -gritó el guardia que sostenía el visor nocturno.

-Lo tengo en la pantalla -replicó el radarista.

-Este gilipollas va a caer como un chorlito -comentó el sargento-. Con la lluvia ni se ha enterado de que estamos aquí. Pásame el micro.

-(...)

-Aquí patrullera cero cero uno. Vamos a pasar a la acción. El sujeto se está adentrando en el Estrecho. Nosotros le meteremos la proa por delante y que la cero cero dos, la acose por detrás. Cambio.

-Base enterada. ¡Suerte! Corto.

-Bien vamos allá -dijo Valdivieso volviendo la cabeza.

Acentuó la vista al frente echando rápidas miradas a la pantalla del radar y aceleró suavemente los motores.

-Ve diciéndome las distancias -solicitó al cabo radarista.

-Ahora estamos a cuatrocientos cincuenta metros del blanco.

El sargento aumentó las revoluciones.

-Trescientos cincuenta metros -cantó el cabo.


***

El viento aumentó y con él el oleaje. Kiko tenía que aguantar con los pies los fardos, que con el traqueteo se desplazaban hasta la popa impidiéndole navegar con soltura. Aminoró las revoluciones del motor, y al hacerlo, oyó a su alrededor el sonido ronco de una embarcación mayor que parecía envolverle.

-Lo único que hace falta es que me pase por encima un petrolero -se dijo mirando a uno y otro lado.


***

-Ciento cincuenta metros.

-Está bien. ¡Agarraos! -gritó el patrón.

Valdivieso empujó a tope las palancas de aceleración. Los motores abocaron en tempestuoso bramar y la Rodman 55 se encabritó empujada por la potencia de los mil seiscientos caballos de sus tripas.

-Cincuenta metros.

Valdivieso conectó las señales acústico-luminosas y el altavoz exterior rajó la oscuridad con su sonido tombolero.

-Guardia Civil del Mar. ¡Deténgase! Repito ¡Deténgase!

El guardia del pescante encendió el potente foco y lo dirigió hacia la zodiac.

-No haga ningún movimiento -continuaba voceando el sargento.

Un nuevo foco lo iluminó por detrás. La noche se llenó de destellos azules y blancos, de ulular de sirenas, de voces y gritos. En el horizonte, un rayo siguió un itinerario quebradizo y fantasmal.

Kiko quedó paralizado. Soltó el acelerador del motor e intentó asirse donde pudo para no caer. La zodiac, a punto de irse a pique, bailaba a los sones que marcaban las olas y las turbulencias producidas por las patrulleras, las cuales se habían echado materialmente encima. No acertaba a comprender qué pasaba. Ciego por los focos, sintió un frío acalorado atravesarle el cuerpo. No entendía nada. El oleaje rompía contra los costados de la barca y contra los diques de su cerebro trayéndole los cuentos y leyendas sobre apariciones que la abuela Juana le narraba de pequeño. Estaba aterrorizado, empapado de ansiedad, de desolación...

Alguien saltó sobre la zodiac, y el frío cañón de una pistola que le apuntaba le arrancó de sus sueños míticos para volverlo a la turbia realidad.

-Si te mueves, te vuelo los sesos.


***

-Este tío es gilipollas -comentó el cabo mientras lo cacheaba- no lleva ni un cortaúñas en los bolsillos y encima, en vez de arrojar los fardos al mar, se queda tan tieso como el palo de una escoba.

Valdivieso lo alumbraba con la linterna. Despojado del anorak para el registro, Kiko se encontraba descamisado, empapado y con la cabeza caída sobre el pecho.

-Trae una manta, Ramón -solicitó.

-Sí, mi sargento.

-¿Es así como te ganas los garbanzos? -preguntó dirigiéndose a Kiko.

No se inmutó.

-Cuando yo te hable me contestas. ¿Entiendes? -vociferó el sargento.

Kiko levantó la cabeza. La lluvia corría por el rostro del muchacho tratando de arrastrar con ella la desesperación y el horror que denotaban sus facciones.

-No -contestó al fin-. No me dedico a esto, yo soy pescador.

La voz cuarteada por el miedo, la mirada huidiza y la nobleza en la expresión de su cara, hizo suponer al experimentado Valdivieso que aquél era un desgraciado, una víctima de alguien que intentaba enriquecerse a costa de sus riñones. Su mirada era viva pero carecía del gesto insolente que acompaña al delincuente habitual.


***

El día comenzaba a despuntar con pereza cuando entraron en el puerto. Sobre la patrullera permanecía un rocío blanquecino traído por la humedad mañanera y en el mar flotaba un aire pesado y calinoso.


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Arco Iris
Francisco Díaz Valladares
LA BARCA DEL PAN
22×15,5 cm - 268 pág.
ISBN: 978-84-921001-7-0
PVP: 17,00 EUR
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